alegre y efusivo bajo la sombra crepuscular. Cuando se desenlazaron, Ralph fue el
primero en hablar.
- Tenemos que seguir.
El granito rosado del siguiente risco se encontraba más alejado de las trepadoras y los
árboles, y resultaba fácil seguir la vereda. Esta, a su vez, les condujo hacia un claro del
bosque, desde donde se vislumbraba el mar abierto. El sol secó ahora sus ropas
empapadas por el oscuro y húmedo calor soportado. Para llegar hasta la cumbre ya no
habrían de zambullirse más en la oscuridad, sino trepar tan sólo por la roca rosada.
Eligieron su camino por desfiladeros y afilados peñascos.
- ¡Mira! ¡Mira!
Las piedras desgarradas se alzaban como chimeneas a gran altura en aquel extremo
de la isla. La roca que escogió Jack para apoyarse cedió, rechinando, al empuje.
- Venga...
Pero este «venga» no era una incitación a seguir hacia la cumbre. La cumbre sería
asaltada más tarde, una vez que los tres muchachos respondieran a este reto. La roca era
tan grande como un automóvil pequeño.
- ¡Empuja!
Adelante y atrás; había que coger el ritmo.
- ¡Empuja!
Tiene que aumentar el vaivén del péndulo, aumentar, aumentar, hay que arrimar el
hombro en el punto que más oscila... aumentar... aumentar.
- ¡Empuja!
La enorme roca dudó un segundo, se balanceó en un pie, decidió no volver, se lanzó al
espacio, cayó, golpeó el suelo, giró, zumbó en el aire y abrió un profundo hueco en el
dosel del bosque. Volaron pájaros y rumores, flotó en el aire un polvo rosado y blanco,
retumbó el bosque a lo lejos como si lo atravesara un monstruo enfurecido y luego
enmudeció la isla.
- ¡Qué bárbaro!
- ¡Igual que una bomba!
No pudieron apartarse de aquel triunfo suyo en un buen rato. Pero al fin se alejaron.
El camino a la cumbre resultó fácil después de aquello. Al iniciar el último tramo, Ralph
quedó inmóvil.
- ¡Fíjate!
Habían llegado al borde de un circo, o anfiteatro, esculpido en la ladera. Estaba
cubierto de azules flores de montaña que le rebasaban y colgaban en profusión hasta el
dosel del bosque. El aire estaba cargado de mariposas que se elevaban, volaban y
volvían a las flores.
Más allá del circo aparecía la cima cuadrada de la montaña y pronto se encontraron en
ella.
Habían sospechado desde un principio que estaban en una isla: mientras trepaban por
las rosadas piedras, con el mar a ambos lados y el alto aire cristalino, un instinto les había
dicho que se encontraban rodeados por el mar. Pero era mejor no decir la última palabra
hasta pisar la propia cumbre y ver el redondo horizonte de agua.
Ralph se volvió a los otros.
- Todo esto es nuestro.
Su forma venía a ser la de un barco: el extremo donde se encontraban se erguía
encorvado y detrás de ellos descendía el arduo camino hacia la orilla. A un lado y otro,
rocas, riscos, copas de árboles y una fuerte pendiente. Frente a ellos, toda la longitud del
barco: un descenso más fácil, cubierto de árboles e indicios de la piedra rosada, y luego la
llanura selvática, tupida de verde, contrayéndose al final en una cola rosada. Allá donde la
isla desaparecía bajo las aguas, se veía otra isla. Una roca, casi aislada, se alzaba como
una fortaleza, cuyo rosado y atrevido bastión les contemplaba a través del verdor.