regresar, Ralph se encontró con Jack, queriendo hacerse con un tronco; ambos se
sonrieron y compartieron aquella carga. De nuevo la brisa, los gritos y la oblicua luz del
sol sobre la alta montaña infundieron aquel encanto, aquella extraña e invisible luz de
amistad, aventura y dicha.
- Casi imposible moverla. Jack le devolvió la sonrisa.
- Si lo hacemos entre los dos, no.
Juntos, unidos en un mismo esfuerzo por aquella carga, subieron tambaleándose hasta
escalar el último saliente. Cantaron juntos, ¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! y arrojaron el leño sobre la
gran pila. Al apartarse, estaban tan alegres por aquel triunfo que Ralph no tuvo más
remedio que dar una voltereta inmediatamente. Más abajo los chicos seguían trabajando,
aunque algunos de los más pequeños habían perdido interés y buscaban fruta en aquel
nuevo bosque. Llegaron ahora a la cima los mellizos, que, con inteligencia no
sospechada, traían brazadas de hojas secas que vertieron sobre el montón. Uno a uno,
los muchachos fueron abandonando la tarea al comprender que ya tenían bastante para
la hoguera; allí esperaron, en la cima quebrada y rosa de la montaña. La respiración se
había vuelto tranquila y el sudor se secaba.
Ralph y Jack se miraron mientras el grupo aguardaba en torno suyo. La vergonzosa
verdad iba creciendo en ellos y no sabían cómo comenzar la confesión.
Ralph fue el primero en hablar; su cara estaba roja como el carmín.
- ¿Quieres...? Tosió y siguió.
- ¿Quieres encender el fuego?
Ahora que la absurda situación estaba al descubierto, Jack se sonrojó también.
Murmuró vagamente:
- Frotas dos palos. Se frotan...
Lanzó una ojeada a Ralph, que acabó por hacer confesión final de su impotencia.
- ¿Alguien tiene cerillas?
- Se hace un arco y se da vueltas a la flecha - dijo Roger. Frotó las manos en imitación.
- Psss. Psss.
Corría un airecillo sobre la montaña. Y con él llegó Piggy, en camisa y calzoncillos, en
un lento esfuerzo para acabar de salir al claro; la luz del atardecer se reflejaba en sus
gafas.
Llevaba la caracola bajo el brazo.
Ralph le gritó:
- ¡Piggy! ¿Tienes cerillas?
Los demás muchachos repitieron el grito hasta que resonó el eco en la montaña. Piggy
contestó que no con un gesto y se acercó hasta la pila.
- ¡Vaya! Menudo montón habéis hecho. Jack señaló, rápido, con la mano.
- Sus gafas... vamos a usarías como una lente. Piggy se encontró rodeado antes de
poder escapar.
- ¡Oye... déjame en paz! - Su voz se convirtió en un grito de terror cuando Jack le
arrebató las gafas. - ¡Ten cuidado! ¡Devuélvemelas! ¡No veo casi! ¡Vais a romper la
caracola!
Ralph le empujó a un lado de un codazo y se arrodilló junto a la pila.
- Quitaos de la luz.
Se empujaban, se daban tirones unos a otros y gritaban oficiosos. Ralph acercaba y
retiraba las gafas y las movía de un lado a otro, hasta que una brillante imagen blanca del
sol declinante apareció sobre un trozo de madera podrida. Casi inmediatamente se alzó
un fino hilo de humo que le hizo toser. También Jack se arrodilló y sopló suavemente,
impulsando el humo, cada vez más espeso, hacia lo lejos, hasta que apareció por fin una
llama diminuta. La llama, casi invisible al principio a la brillante luz del sol, rodeó una
ramita, creció, se enriqueció en color y alcanzó a otra rama que estalló con un agudo
chasquido. La llama aleteó hacia lo alto y los chicos rompieron en vítores.