Se volvió a Ralph.
- Ralph, voy a dividir el coro... mis cazadores, quiero decir, en grupos, y nos
ocuparemos de mantener vivo el fuego...
Tal generosidad produjo una rociada de aplausos entre los muchachos que obligó a
Jack a sonreírles y luego a agitar la caracola para demandar silencio.
- Ahora podemos dejar que se apague el fuego. Además, ¿quién iba a ver el humo de
noche? Y cuando queramos podemos encenderlo otra vez. Contraltos, esta semana os
encargáis vosotros de mantener el fuego, y los sopranos la semana que viene...
La asamblea, gravemente, asintió.
- Y también nos ocuparemos de montar una guardia.
- Si vemos un barco allá afuera - siguieron con la vista la dirección de su huesudo
brazo -, echaremos ramas verdes. Así habrá más humo.
Observaron fijamente el denso azul del horizonte, como si una pequeña silueta fuese a
aparecer en cualquier momento.
Al oeste, el sol era una gota de oro ardiente que se deslizaba con rapidez hacia el
alféizar del mundo. En ese mismo momento comprendieron que el ocaso significaba el fin
de la luz y el calor.
Roger cogió la caracola y lanzó a su alrededor una mirada entristecida.
- He estado mirando al mar y no he visto ni una señal de un barco. Quizá no vengan
nunca por nosotros.
Un murmullo se alzó y se apagó alejándose. Ralph cogió de nuevo la caracola.
- Ya os he dicho que algún día vendrán por nosotros. Hay que esperar, eso es todo.
Atrevido, a causa de su indignación, Piggy cogió la caracola.
- ¡Eso es lo que yo dije! Estaba hablando de las reuniones y cosas así y me decís que
cierre la boca...
Su voz se elevó en un tono de justificado reproche. Los demás se agitaron y
empezaron a gritarle que se callase.
- Habéis dicho que queríais un fuego pequeño y vais y hacéis un montón como un
almiar. Si digo algo - gritó Piggy con amargo realismo -, me decís que me calle, pero si es
Jack o Maurice o Simón...
Se detuvo en medio del alboroto, de pie y mirando por encima de ellos hacia el lado
hostil de la montaña, hacia el amplio espacio oscuro donde habían encontrado la leña. Se
echó entonces a reír de una manera tan extraña que los demás se quedaron silenciosos,
observando con atención el destello de sus gafas. Siguieron la dirección de sus ojos hasta
descubrir el significado del amargo chiste.
- Ahí tenéis vuestra fogata.
Se veía salir humo aquí y allá entre las trepadoras que festoneaban los árboles
muertos o moribundos. Mientras observaban, un destello de fuego apareció en la base de
unos tallos y el humo fue haciéndose cada vez más espeso. Llamas pequeñas se agitaron
junto al tronco de un árbol y se arrastraron entre las hojas y el ramaje seco, dividiéndose y
creciendo. Un brote rozó el tronco de un árbol y trepó por él como una ardilla brillante. El
humo creció, osciló y rodó hacia fuera. La ardilla saltó sobre las alas del viento y se asió a
otro de los árboles en pie, devorándolo desde la copa. Bajo el oscuro dosel de hojas y
humo, el fuego se apoderó de la selva y empezó a roer cuanto encontraba. Hectáreas de
amarillo y negro humo rodaron implacables hacia el mar. Al ver las llamas y el curso
incontenible del fuego, los muchachos rompieron en chillidos y vítores excitados. Las
llamas, como un animal salvaje, se arrastraron, lo mismo que se arrastra un jaguar sobre
su vientre, hacia una fila de retoños con aspecto de abedules que adornaban un crestón
de la rosada roca. Aletearon sobre el primero de los árboles, y de las ramas brotó un
nuevo follaje de fuego. El globo de llamas saltó ágilmente sobre el vacío entre los árboles
y después recorrió la fila entera columpiándose y despidiendo llamaradas. Allá abajo, más
de cincuenta hectáreas de bosque se convertían furiosamente en humo y llamas. Los