desencadenó una sucesión de ecos que parecían venir del abismo de los tiempos. Jack
no pudo evitar un estremecimiento ante aquel grito, y su respiración, sorprendida, sonó
como un gemido; por un momento dejó de ser cazador para convertirse en un ser furtivo,
como un simio entre la maraña de árboles. El sendero y el fracaso volvieron a reclamarle
y rastreó ansiosamente el terreno. Junto a un gran árbol, de cuyo tronco gris surgían
flores de un color pálido, se detuvo una vez más, cerró los ojos e inhaló de nuevo el aire
cálido; pero esta vez, entrecortada la respiración y casi lívido, hubo de esperar unos
instantes hasta recuperar la animación de la sangre. Pasó como una sombra bajo la
oscuridad del árbol y se inclinó, observando el trillado terreno a sus pies. Las deyecciones
aún estaban cálidas; amontonadas sobre la tierra revuelta. Eran blandas, de un color
verde aceitunado y desprendían vapor. Jack alzó la cabeza y se quedó observando la
masa impenetrable de trepadoras que se atravesaban en la senda. Levantó la lanza y se
arrastró hacia adelante. Pasadas las trepadoras, la senda venía a unirse a un paso que
por su anchura y lo trillado era ya un verdadero camino. Las frecuentes pisadas habían
endurecido el suelo y Jack, al ponerse de pie, oyó que algo se movía. Giró el brazo
derecho hacia atrás y lanzó el arma con todas sus fuerzas. Del camino llegó un fuerte y
rápido patear de pezuñas, un sonido de castañuelas; seductor, enloquecedor: era la
promesa de carne. Saltó fuera de la maleza y se precipitó hacia su lanza. El ritmo de las
pisadas de los cerdos fue apagándose en la lejanía.
Jack se quedó allí parado, empapado en sudor, manchado de barro oscuro y sucio por
las vicisitudes de todo un día de caza. Maldiciendo, se apartó del sendero y se abrió paso
hasta llegar al lugar donde el bosque empezaba a aclarar y desde donde se veían
coronas de palmeras plumosas y árboles de un gris claro, que sucedían a los desnudos
troncos y el oscuro techo del interior. Tras los troncos grises se hallaba el resplandor del
mar y se oían voces.
Ralph estaba junto a un precario armazón de tallos y hojas de palmeras, un tosco
refugio, de cara a la laguna, que parecía a punto de derrumbarse. No advirtió que Jack le
hablaba.
- ¿Tienes un poco de agua?
Ralph apartó la mirada, fruncido el ceño, del amasijo de palmas. Ni aun entonces se dio
cuenta de la presencia de Jack frente a él.
- Digo que si tienes un poco de agua. Tengo sed. Ralph apartó su atención del refugio
y, sobresaltado, se fijó en Jack.
- Ah, hola. ¿Agua? Ahí, junto al árbol. Debe quedar un poco.
Jack escogió de un grupo de cocos partidos, colocados a la sombra, uno que rebosaba
agua fresca y bebió. El agua le salpicó la barbilla, el cuello y el pecho. Terminó con un
ruidoso resuello.
- Me hacía falta.
Simón habló desde el interior del refugio:
- Levanta un poco.
Ralph se volvió hacia el refugio y alzó una rama, toda ella alicatada de hojas.
Las hojas se desprendieron y agitaron hasta parar en el suelo. Por el agujero asomó la
cara compungida de Simón.
- Lo siento.
Ralph observó con disgusto el desastre.
- No lo vamos a terminar nunca.
Se tumbó junto a los pies de Jack. Simon permaneció en la misma postura, mirándoles
desde el hoyo del refugio.
Tumbado, Ralph explicó:
- Llevamos trabajando un montón de días. ¡Y mira! Dos refugios se hallaban en pie,
pero no muy firmes. Este otro era una ruina.