Simon, a quien esperaban encontrar allí, no estaba en la poza.
Cuando los otros dos bajaban brincando a la playa para observar la montaña, él les
había seguido unos cuantos metros, pero luego se detuvo. Había observado con disgusto
un montón de arena en la playa, donde alguien había intentado construir una casilla o una
cabaña. Luego volvió la espalda a aquello y penetró en el bosque con aire decidido. Era
un muchacho pequeño y flaco, de mentón saliente y ojos tan brillantes que habían
confundido a Ralph haciéndole creer que Simón sería muy alegre y un gran bromista. Su
melena negra le caía sobre la cara y casi tapaba una frente ancha y baja. Vestía los
restos de unos pantalones y, como Jack, llevaba los pies descalzos. Simón, de por sí
moreno, tenía fuertemente tostada por el sol la piel, que le brillaba con el sudor.
Se abrió camino remontando el desgarrón del bosque; pasó la gran roca que Ralph
había escalado aquella primera mañana; después dobló a la derecha, entre los árboles.
Caminaba con paso familiar a través de la zona de frutales, donde el menos activo podía
encontrar un alimento accesible, si bien poco atractivo. Flores y frutas crecían juntas en el
mismo árbol y por todas partes se percibía el olor a madurez y el zumbido de un millón de
abejas libando. Allí le alcanzaron los chiquillos que habían corrido tras él. Hablaban,
chillaban ininteligiblemente y le fueron empujando hacia los árboles. Entre el zumbido de
las abejas al sol de la tarde, Simón les consiguió la fruta que no podían alcanzar; eligió lo
mejor de cada rama y lo fue entregando a las interminables manos tendidas hacia él.
Cuando les hubo saciado, descansó y miró en torno suyo. Los pequeños le observaban,
sin expresión definible, por encima de las manos llenas de fruta madura.
Simón les dejó y se dirigió hacia el lugar a donde el apenas perceptible sendero le
llevaba. Pronto se vio encerrado en la espesa jungla. De unos altos troncos salían
inesperadas flores pálidas en hileras, que subían hasta el oscuro dosel donde la vida se
anunciaba con gran clamor. Aquí, el aire mismo era oscuro, y las trepadoras soltaban sus
cuerdas como cordajes de barcos a punto de zozobrar. Sus pies iban dejando huellas en
el suave terreno y las trepadoras temblaban enteras cuando tropezaba con ellas.
Por fin llegó a un lugar donde penetraba mejor el sol.
Las trepadoras, como no tenían que ir muy lejos en busca de la luz, habían tejido una
espesísima estera suspendida a un lado de un espacio abierto en la jungla; aquí, la roca
casi afloraba y no permitía crecer sobre ella más que plantas pequeñas y helechos. Aquel
espacio estaba cercado por oscuros arbustos aromáticos, y todo él era un cuenco de luz y
calor. Un gran árbol, caído en una de las esquinas, descansaba contra los árboles que
aún permanecían en pie y una veloz trepadora lucía sus rojos y amarillos brotes hasta la
cima.
Simón se detuvo. Miró por encima de su hombro, como había hecho Jack, hacia los
tupidos accesos que quedaban a su espalda y giró rápidamente la vista en torno suyo
para confirmar que estaba completamente solo. Por un momento, sus movimientos se
hicieron casi furtivos. Después se agachó y se introdujo, como un gran gusano, por el
centro de la estera. Las trepadoras y los arbustos estaban tan próximos que iba dejando
el sudor sobre ellos, y en cuanto él pasaba volvían a cerrarse. Una vez alcanzado el
centro, se encontró seguro en una especie de choza, cerrada por una pantalla de hojas.
Se sentó en cuclillas, separó las hojas y se asomó al espacio abierto frente a él. Nada se
movía excepto una pareja de brillantes mariposas que bailaban persiguiéndose en el aire
cálido. Sosteniendo la respiración, aguzó el oído a los sonidos de la isla. Sobre la isla iba
avanzando la tarde; las notas de las fantásticas aves de colores, el zumbido de las
abejas, incluso los chillidos de las gaviotas que volvían a sus nidos entre las cuadradas
rocas, eran ahora más tenues. El mar, rompiendo a muchos kilómetros, sobre al arrecife,
difundía un leve rumor aún menos imperceptible que el susurro de la sangre.
Simón dejó caer la pantalla de hojas a su posición natural. Había disminuido la
inclinación de las franjas color de miel que la luz del sol creaba; se deslizaron por los
arbustos, pasaron sobre los verdes capullos de cera, se acercaron al dosel y la oscuridad