creció bajo los árboles. Al decaer la luz se apagaron los atrevidos colores y fueron
debilitándose el calor y la animación. Los capullos de cera se agitaron. Sus verdes
sépalos se abrieron ligeramente y las blancas puntas de las flores asomaron suavemente
para recibir el aire exterior.
Ahora la luz del sol había abandonado el claro de la jungla y se retiraba del cielo. Cayó
la oscuridad sumergiendo los espacios entre los árboles, hasta que éstos se volvieron tan
opacos y extraños como las profundidades del mar. Las velas de cera abrieron sus
amplias flores blancas, que brillaron bajo las punzadas de luz de las primeras estrellas. Su
aroma se esparció por el aire y se apoderó de la isla.
El primer ritmo al que se acostumbraron fue el lento tránsito desde el amanecer hasta
el brusco ocaso. Aceptaron los placeres de la mañana - el sol brillante, el mar dominador
y la dulzura del aire - como las horas agradables para los juegos, durante los cuales la
vida estaba tan repleta que no hacían falta esperanzas, y por ello se olvidaban. Al
acercarse el mediodía, cuando la inundación de luz caía casi verticalmente, los intensos
colores matinales se suavizaban en tonos perlas y opalescentes; y el calor - como si la
inminente altura del sol le diese impulso - se convertía en un azote, que trataban de
esquivar corriendo a tenderse a la sombra, y hasta durmiendo.
Extrañas cosas ocurrían al mediodía. El brillante mar se alzaba, se escindía en planos
de absoluta imposibilidad; el arrecife de coral y las escasas y raquíticas palmeras que se
sostenían en sus relieves más altos, flotaban hacia el cielo, temblaban, se desgarraban,
resbalaban como gotas de lluvia sobre un alambre o se multiplicaban como en una
fantástica sucesión de espejos. A veces surgía tierra allí donde no la había y estallaba
como una burbuja ante la mirada de los muchachos.
Piggy calificaba todo aquello sabiamente como «espejismos»; y como ninguno de los
muchachos podría haberse acercado ni tan siquiera al arrecife, ya que habrían de
atravesar el estrecho de agua donde les aguardaban las dentelladas de los tiburones, se
acostumbraron a aquellos misterios y los ignoraban, como tampoco hacían caso de las
milagrosas, de las vibrantes estrellas.
Al mediodía los espejismos se fundían con el cielo y desde allí, el sol, como un ojo
iracundo, lanzaba sus miradas. Después, al acercarse la tarde, las fantasías se
debilitaban y con el descenso del sol el horizonte se volvía llano, azul y recortado. Eran
nuevas horas de relativo frescor, aunque siempre amenazadas por la llegada de la noche.
Cuando el sol se hundía, la oscuridad caía sobre la isla como un exterminador y los
refugios se llenaban en seguida de inquietud, bajo las lejanas estrellas.
Sin embargo, la tradición de la Europa del Norte: trabajo, recreo y comida a lo largo del
día, les impedía adaptarse por completo a este nuevo ritmo. El pequeño Percival, al poco
tiempo de la llegada, se había, arrastrado hasta uno de los refugios, donde permaneció
dos días, hablando, cantando y llorando, con lo que todos creyeron que se había
trastornado, cosa que les pareció en cierto modo divertida. Desde entonces se le veía
enfermizo, ojeroso y triste: un pequeño que jugaba poco y lloraba a menudo.
A los más jóvenes se les conocía ahora por el nombre genérico de «los peques». La
disminución en tamaño, desde Ralph hacia abajo, era gradual; y aunque había una región
dudosa habitada por Simon, Robert y Maurice, nadie, sin embargo, encontraba la menor
dificultad para distinguir a los grandes en un extremo y a los peques en el otro. Los
indudablemente «peques» - los que tenían alrededor de los seis años - vivían su propia
vida, muy diferente, pero también muy activa. Se pasaban la mayor parte del día
comiendo, cogiendo la fruta de los lugares que estaban a su alcance, sin demasiados
escrúpulos en cuanto a madurez y calidad. Se habían acostumbrado ya a los dolores de
estómago y a una especie de diarrea crónica. Sufrían terrores indecibles en la oscuridad y
se acurrucaban los unos contra los otros en busca de alivio. Además de comer y dormir,
encontraban tiempo para sus juegos, absurdos y triviales, sobre la blanca arena junto al