alimentos que no habían encontrado en su última incursión; excrementos de pájaros,
incluso insectos o cualquier detrito de la vida terrestre. Extendidos como una miríada de
diminutos dientes de sierra llegaban los seres transparentes a la playa en busca de
desperdicios. Aquello fascinaba a Henry. Hurgó con un palito, también vagabundo y
desgastado y blanqueado por las olas, tratando de dominar con él los movimientos de
aquellos carroñeros. Hizo unos surcos, que la marea cubrió, e intentó llenarlos con esos
seres. Encontró tanto placer en verse capaz de ejercer dominio sobre unos seres vivos,
que su curiosidad se convirtió en algo más fuerte que la mera alegría. Les hablaba,
dándoles ánimos y órdenes. Impulsados hacia atrás por la marea, caían atrapados en las
huellas que los pies de Henry dejaban sobre la arena. Todo eso le proporcionaba la
ilusión de poder. Se sentó en cuclillas al borde del agua, con el pelo caído sobre la frente
y formándole pantalla ante los ojos, mientras el sol de la tarde vaciaba sobre la playa sus
flechas invisibles.
También Roger esperaba. Al principio se había escondido detrás de un grueso tronco
de palmera; pero era tan evidente que Henry estaba absorto con aquellos pequeños seres
que decidió por fin hacerse completamente visible. Recorrió con la mirada toda la
extensión de la playa. Percival se había alejado llorando y Johnny quedaba como dueño
triunfante de los castillos. Allí sentado, canturreaba para sí y arrojaba arena a un Percival
imaginario. Más allá, Roger veía la plataforma y los destellos del agua salpicada cuando
Ralph, Simon, Piggy y Maurice se arrojaban a la poza. Escuchó atentamente pero apenas
podía oírles.
Una brisa repentina sacudió la orla de palmeras y meció y agitó sus frondas. Desde
casi veinte metros de altura sobre Roger, un racimo de cocos - bultos fibrosos tan grandes
como balones de rugby se desprendió de su tallo. Cayeron todos cerca de él, con una
serie de golpes duros y secos, pero no llegaron a tocarle. No se le ocurrió pensar en el
peligro corrido, se quedó mirando, alternativamente, a los cocos y a Henry, a Henry y a
los cocos.
El subsuelo bajo las palmeras era una playa elevada, y varias generaciones de
palmeras habían ido desalojando de su sitio las piedras que en otro tiempo yacieron en
arenas de otras orillas. Roger se inclinó, cogió una piedra, apuntó y la tiró a Henry, con
decidida intención de errar. La piedra, recuerdo de un tiempo inverosímil, botó a unos
cuatro metros a la derecha de Henry y cayó en el agua. Roger reunió un puñado de
piedras y empezó a arrojarlas. Pero respetó un espacio, alrededor de Henry, de unos
cinco metros de diámetro. Dentro de aquel círculo, de manera invisible pero con firme
fuerza, regía el tabú de su antigua existencia. Alrededor del niño en cuclillas aleteaba la
protección de los padres y el colegio, de la policía y la ley. El brazo de Roger estaba
condicionado por una civilización que no sabía nada de él y estaba en ruinas.
Sorprendió a Henry el sonido de las piedras al estrellarse en el agua. Abandonó los
silenciosos seres transparentes y, como un perdiguero que muestra la caza, dirigió toda
su atención hacia el centro de los círculos, que se iban extendiendo. Caían las piedras por
un lado y otro y Henry se volvía dócilmente, pero siempre demasiado tarde para divisarlas
en el aire, Por fin logró ver una y se echó a reír, buscando con la mirada al amigo que le
gastaba bromas. Pero Roger se había ocultado tras el tronco de palmera, y contra él se
reclinaba, con la respiración entrecortada y los ojos pestañeantes. Henry perdió el interés
por las piedras y se alejó.
- Roger.
Jack se encontraba bajo un árbol a unos diez metros de allí. Cuando Roger abrió los
ojos y le vio, una sombra más oscura se extendió bajo su ya morena piel; pero Jack no
notó nada. Le llamaba por señas, tan inquieto e impaciente que Roger tuvo que acudir a
su lado.