Los mellizos permanecieron quietos, sosteniendo al cerdo que se balanceaba entre
ambos y goteaba negros grumos sobre la roca. Parecían compartir una misma sonrisa
amplia y extasiada. Jack tenía demasiadas cosas que contarle a Ralph, y todas a la vez.
Pero, en lugar de hacerlo, dio un par de saltos de alegría, hasta acordarse de su dignidad;
se paró con una alegre sonrisa. Al fijarse en la sangre que cubría sus manos hizo un
gesto de desagrado y buscó algo para limpiarlas. Las frotó en sus pantalones y rió.
- Habéis dejado que se apague el fuego - dijo Ralph.
Jack se quedó cortado, irritado ligeramente por aquella tontería, pero demasiado
contento para preocuparse mucho.
- Ya lo encenderemos luego. Oye, Ralph, debías haber venido con nosotros. Pasamos
un rato estupendo. Tumbó a los mellizos...
- Le dimos al jabalí...
-...Yo caí encima...
- Yo le corté el cuello - dijo Jack, con orgullo, pero todavía estremeciéndose al decirlo.
- Ralph, ¿me prestas el tuyo para hacer una muesca en el puño?
Los muchachos charlaban y danzaban. Los mellizos seguían sonriendo.
- Había sangre por todas partes - dijo Jack riendo estremecido -. Deberías haberlo
visto.
- Iremos de caza todos los días... Volvió a hablar Ralph, con voz enronquecida. No se
había movido.
- Habéis dejado que se apague el fuego. La insistencia incomodó a Jack. Miró a los
mellizos y luego de nuevo a Ralph.
- Les necesitábamos para la caza - dijo -, no hubiéramos sido bastantes para formar el
círculo. Se turbó al reconocer su falta.
- El fuego sólo ha estado apagado una hora o dos. Podemos encenderlo otra vez...
Advirtió la erosionada desnudez de Ralph y el sombrío silencio de los cuatro. Su alegría
le hacía sentir un generoso deseo de hacerles compartir lo que había sucedido. Su mente
estaba llena de recuerdos: los recuerdos de la revelación al acorralar a aquel jabalí
combativo; la revelación de haber vencido a un ser vivo, de haberle impuesto su voluntad,
de haberle arrancado la vida, con la satisfacción de quien sacia una larga sed.
Abrió los brazos:
- ¡Tenías que haber visto la sangre!
Los cazadores estaban ahora más silenciosos, pero al oír aquello hubo un nuevo
susurro. Ralph se echó el pelo hacia atrás. Señaló el vacío horizonte con un brazo. Habló
con voz alta y violenta, y su impacto obligó al silencio.
- Ha pasado un barco.
Jack, enfrentado de repente con tantas terribles implicaciones, trató de esquivarlas.
Puso una mano sobre el cerdo y sacó su cuchillo. Ralph bajó el brazo, cerrado el puño, y
le tembló la voz:
- Vimos un barco allá afuera. ¡Dijiste que te ocuparías de tener la hoguera encendida y
has dejado que se apague!
Dio un paso hacia Jack, que se volvió y se enfrentó con él.
- Podrían habernos visto. Nos podríamos haber ido a casa...
Aquello era demasiado amargo para Piggy, que ante el dolor de lo perdido, olvidó su
timidez. Empezó a gritar con voz aguda:
- ¡Tú y tu sangre, Jack Merridew! ¡Tú y tu caza! Nos podríamos haber ido a casa...
Ralph apartó a Piggy de un empujón.
- Yo era el jefe, y vosotros ibais a hacer lo que yo dijese. Tú, mucho hablar; pero ni
siquiera sois capaces de construir unas cabañas... luego os vais por ahí a cazar y dejáis
que se apague el fuego...
Se dio la vuelta, silencioso unos instantes. Después volvió a oírse su voz emocionada:
- Vimos un barco...