en seguida a una decisión. Eso le hacía a uno pensar; porque pensar era algo valioso que
lograba resultados...
Sólo que no sé pensar, decidió Ralph al encontrarse junto al asiento del jefe. No como
lo hace Piggy.
Por segunda vez en aquella noche tuvo Ralph que reajustar sus valores. Piggy sabía
pensar. Podía proceder paso a paso dentro de aquella cabezota suya, pero no servía para
jefe. Sin embargo, tenía un buen cerebro a pesar de aquel ridículo cuerpo. Ralph se había
convertido ya en un especialista del pensamiento y era capaz de reconocer inteligencia en
otro.
Al sentir el sol en los ojos, recordó que el tiempo pasaba. Cogió del árbol la caracola y
examinó su superficie. La acción del aire había borrado sus amarillos y rosas hasta
volverles casi blancos y transparentes. Ralph sentía una especie de afectuoso respeto
hacia la caracola, aunque fuese él mismo quien la pescó en la laguna. Se colocó frente a
la asamblea y llevó la caracola a sus labios.
Los demás aguardaban aquella señal y en seguida se acercaron. Los que sabían que
un barco había pasado junto a la isla cuando la hoguera se encontraba apagada,
permanecían en sumiso silencio ante el enfado de Ralph, mientras que los que nada
sabían, como era el caso de los pequeños, se sentían impresionados por el ambiente
general de solemnidad. Pronto se llenó el lugar de la asamblea. Jack, Simon, Maurice y la
mayoría de los cazadores se colocaron a la derecha de Ralph; los demás a su izquierda,
bajo el sol. Llegó Piggy y se quedó fuera del triángulo. Con eso quería indicar que estaba
dispuesto a escuchar, pero no a hablar, dando a conocer, con tal gesto, su
desaprobación.
- La cosa es que necesitábamos una asamblea.
Nadie habló, pero todos los rostros, vueltos hacia Ralph, miraban atentamente. Ondeó
la caracola en el aire. Para entonces sabía ya por experiencia que había que repetir, al
menos una vez, declaraciones fundamentales como aquélla, para que todos acabaran por
comprender. Debía uno sentarse, atrayendo todas las miradas hacia la caracola, y dejar
caer las palabras como si fuesen pesadas piedras redondas en medio de los pequeños
grupos agachados o en cuclillas.
Buscaba palabras sencillas para que incluso los pequeños comprendiesen de qué
trataba la asamblea. Quizá después, polemistas entrenados, como Jack, Maurice o Piggy,
usasen sus artes para dar un giro distinto a la reunión; pero ahora, al principio, el tema del
debate debía quedar bien claro.
- Necesitábamos una asamblea. Y no para divertirnos. Tampoco para echarse a reír y
que alguien se caiga del tronco - el grupo de pequeños sentados en el trampolín lanzó
unas risitas y se miraron unos a otros -, ni para hacer chistes, ni para que alguien - alzó la
caracola en un esfuerzo por encontrar la palabra precisa - presuma de listo. Para nada de
eso, sino para poner las cosas en orden.
Calló durante un momento.
- He estado andando por ahí. Me quedé solo para pensar en nuestros problemas. Y
ahora sé lo que necesitamos: una asamblea para poner las cosas en orden. Y lo primero
de todo: el que va a hablar ahora soy yo.
Volvió a guardar silencio por un momento y se echó el pelo hacia atrás instintivamente.
Piggy, una vez formulada su ineficaz protesta, se acercó de puntillas hasta el triángulo y
se unió a los demás.
Ralph continuó:
- Hemos tenido muchísimas asambleas. A todos nos divierte hablar y estar aquí juntos.
Decidimos cosas, pero nunca se hacen, íbamos a traer agua del arroyo y a guardarla en
los cocos cubiertos con hojas frescas. Se hizo unos cuantos días. Ahora ya no hay agua.
Los cocos están vacíos. Todo el mundo va a beber al río.
Hubo un murmullo de asentimiento.