a los refugios, porque estamos cansados. No... ¿eres tú, Jack?... espera un momento. Os
voy a decir aquí y ahora que no creo en fantasmas. Por lo menos eso me parece. Pero no
me gusta pensar en ellos. Digo ahora, en la oscuridad. Bueno, pero íbamos a arreglar las
cosas.
Alzó la caracola.
- Y supongo que una de esas cosas que hay que arreglar es saber si existen fantasmas
o no...
Se paró un momento a pensar y después formuló la pregunta:
- ¿Quién cree que pueden existir fantasmas?
Hubo un largo silencio y aparente inmovilidad. Después, Ralph contó en la penumbra
las manos que se habían alzado. Dijo con sequedad:
- Ya.
El mundo, aquel mundo comprensible y racional, se escapaba sin sentir. Antes se
podía distinguir una cosa de otra, pero ahora... y, además, el barco se había ido.
Alguien le arrebató la caracola de las manos y la voz de Piggy chilló.
- ¡Yo no voté por ningún fantasma! Se volvió hacia la asamblea.
- ¡Ya podéis acordaros de eso! Le oyeron patalear.
- ¿Qué es lo que somos? ¿Personas? ¿O animales? ¿O salvajes? ¿Que van a pensar
de nosotros los mayores? Corriendo por ahí..., cazando cerdos..., dejando que se apague
la hoguera..., ¡y ahora!
Una sombra tempestuosa se le enfrentó.
- ¡Cállate ya, gordo asqueroso!
Hubo un momento de lucha y la caracola brilló en movimiento.
Ralph saltó de su asiento.
- ¡Jack! ¡Jack! ¡Tú no tienes la caracola! Déjale hablar.
El rostro de Jack flotaba junto al suyo.
- ¡Y tú también te callas! ¿Quién te has creído que eres? Ahí sentado... diciéndole a la
gente lo que tiene que hacer. No sabes cazar, ni cantar.
- Soy el jefe. Me eligieron.
- ¿Y que más da que te elijan o no? No haces más que dar órdenes estúpidas...
- Piggy tiene la caracola.
- ¡Eso es, dale la razón a Piggy, como siempre!
- ¡Jack!
La voz de Jack sonó con amarga mímica:
- ¡Jack! ¡Jack!
- ¡Las reglas! - gritó Ralph - ¡Estás rompiendo las reglas!
- ¿Y qué importa?
Ralph apeló a su propio buen juicio.
- ¡Las reglas son lo único que tenemos! Jack le rebatía a gritos.
- ¡Al cuerno las reglas! ¡Somos fuertes..., cazamos! ¡Si hay una fiera, iremos por ella!
¡La cercaremos, y con un golpe, y otro, y otro...!
Con un alarido frenético saltó hacia la pálida arena. Al instante se llenó la plataforma de
ruido y animación, de brincos, gritos y risas. La asamblea se dispersó; todos salieron
corriendo en alocada desbandada desde las palmeras en dirección a la playa y después a
lo largo de ella, hasta perderse en la oscuridad de la noche. Ralph, sintiendo la caracola
junto a su mejilla, se la quitó a Piggy.
- ¿Qué van a decir las personas mayores? - exclamó Piggy de nuevo -. ¡Mira esos!
De la playa llegaba el ruido de una fingida cacería, de risas histéricas y de auténtico
terror.
- Que suene la caracola, Ralph. Piggy se encontraba tan cerca que Ralph pudo ver el
destello de su único cristal.