- Cada uno se va por su lado y las cosas van fatal. En casa siempre había alguna
persona mayor. Por favor, señor; por favor, señorita, y te daban una respuesta. ¡Cómo me
gustaría...!
- Me gustaría que estuviese aquí mi tía.
- Me gustaría que mi padre... ¡Bueno, esto es perder el tiempo!
- Hay que mantener vivo el fuego. La danza había terminado y los cazadores
regresaban ahora a los refugios.
- Los mayores saben cómo son las cosas - dijo Piggy -. No tienen miedo de la
oscuridad. Aquí se habrían reunido a tomar el té y hablar. Así ¡o habrían arreglado todo.
- No prenderían fuego a la isla. Ni perderían...
- Habrían construido un barco... Los tres muchachos, en la oscuridad, se esforzaban en
vano por expresar la majestad de la edad adulta.
- No regañarían:..
- Ni me romperían las gafas...
- Ni hablarían de fieras...
- Si pudieran mandarnos un mensaje - gritó Ralph desesperadamente -. Si pudieran
mandarnos algo suyo..., una señal o algo.
Un gemido tenue salido de la oscuridad les heló la sangre y les arrojó a los unos en
brazos de los otros. Entonces el gemido aumentó, remoto y espectral, hasta convertirse
en un balbuceo incomprensible. Percival Wemys Madison, de La Vicaría, en Hartcourt St.
Anthony, tumbado en la espesa hierba, vivía unos momentos que ni el conjuro de su
nombre y dirección podía aliviar.
No quedaba otra luz que la estelar. Cuando comprendieron de donde provenía aquel
fantasmal ruido y Percival se hubo tranquilizado de nuevo, Ralph y Simón le levantaron
como pudieron y le llevaron a uno de los refugios. Piggy, a pesar de sus valientes
palabras, siguió pegado a los otros y, juntos los tres muchachos, se dirigieron al refugio
inmediato. Se tumbaron, inquietos, sobre las ruidosas hojas secas, observando el grupo
de estrellas enmarcadas por la entrada que daba sobre la laguna. De cuando en cuando,
uno de los pequeños gritaba en otros refugios, y en una ocasión uno de los mayores
habló en la oscuridad. Por fin, también ellos se durmieron.
Sobre el horizonte se alzaba una cinta curva de luna, tan estrecha que creaba un
reguero finísimo de luz, apenas visible aun al posarse sobre el agua. Pero había otras
luces en el cielo, que se movían velozmente, que chispeaban o se apagaban; y, sin
embargo, no les llegó a los muchachos ni el más leve eco de la batalla que se libraba a
quince kilómetros de altura. Y del mundo adulto
- Por lo de...
-...la hoguera y el cerdo.
- Menos mal que la tomó con Jack y no con nosotros.
- Sí. ¿Te acuerdas del viejo «Cascarrabias» en el colegio?
- «¡Muchacho... me estás volviendo loco poco a poco!».
Los mellizos compartieron su idéntica risa; se acordaron después de la oscuridad y
otras cosas, y miraron con inquietud en torno suyo. Las llamas, activas en torno a la pila
de leña, atrajeron de nuevo la mirada de los muchachos. Eric observaba los gusanos de
la madera, que se agitaban desesperadamente, pero nunca lograban escapar de las
llamas, y recordó aquella primera hoguera, allá abajo, en el lado de mayor pendiente de la
montaña, donde ahora reinaba completa oscuridad. Pero aquel recuerdo le molestaba y
volvió la vista hacia la cima.
Ahora emanaba de la hoguera un calor que les acariciaba agradablemente. Sam se
entretuvo arreglando las ramas de la hoguera tan cerca del fuego como le era posible.
Eric extendió los brazos para averiguar a qué distancia se hacía insoportable el calor.
Mirando distraídamente a lo lejos, iba restituyendo los contornos diurnos de las rocas