aisladas que en aquel momento no eran más que sombras planas. Allí mismo estaba la
roca grande y las tres piedras, y la roca partida, y más allá un hueco..., allí mismo...
- Sam.
- ¿Eh?
- Nada.
Las llamas se iban apoderando de las ramas; la corteza se enroscaba y desprendía; la
madera estallaba. Se desplomó la pila y arrojó un amplio círculo de luz sobre la cima de la
montaña.
- Sam...
- ¿Eh?
- ¡Sam! ¡Sam!
Sam miró irritado a Eric. La intensidad de la mirada de Eric hizo temible el lugar hacia
donde dirigía su vista, lugar que quedaba a espaldas de Sam. Se arrastró alrededor del
fuego, se acurrucó junto a Eric y miró. Se quedaron inmóviles, abrazados uno al otro:
cuatro ojos, bien despejados, fijos en algo, y dos bocas abiertas.
Bajo ellos, a lo lejos, los árboles del bosque suspiraron y luego rugieron. Los cabellos
se agitaron sobre sus frentes y nuevas llamas brotaron de los costados de la hoguera. A
menos de quince metros de ellos sonó el aleteo de un tejido al desplegarse y henchirse.
Ninguno de los dos muchachos gritó, pero se apretaron los brazos con más fuerza y
sus labios se fruncieron. Permanecieron así agachados quizá diez segundos más,
mientras el avivado fuego lanzaba humo y chispas y olas de variable luz sobre la cumbre
de la montaña.
Después, como si entre los dos sólo tuviesen una única y aterrorizada mente, saltaron
sobre las rocas y huyeron.
Ralph soñaba. Se había quedado dormido tras lo que le parecieron largas horas de
agitarse y dar vueltas sobre las crujientes hojas secas. No le alcanzaba ya ni el sonido de
las pesadillas en los otros refugios; estaba de regreso en casa, ofreciendo terrones de
azúcar a los potros desde la valla del jardín.
Pero alguien le tiraba del brazo y le decía que era la hora del té.
- ¡Ralph! ¡Despierta!
Las hojas rugían como el mar.
- ¡Ralph! ¡Despierta!
- ¿Qué pasa?
- ¡Hemos visto...
-...la fiera...
-...bien claro!
- ¿Quiénes sois? ¿Los mellizos?
- Hemos visto a la fiera...
- Callaos. ¡Piggy!
Las hojas seguían rugiendo. Piggy tropezó con él, y uno de los mellizos le sujetó
cuando se disponía a correr, hacia el oblongo espacio que encuadraba la luz decadente
de las estrellas.
- ¡No vayas... es horrible!
- Piggy, ¿dónde están las lanzas?
- Oigo el...
- Entonces cállate. No os mováis.
Allí tendidos escucharon con duda al principio y después con terror, la narración que
los mellizos les susurraban entre pausas de extremo silencio. Pronto la oscuridad se llenó
de garras, se llenó del terror de lo desconocido y lo amenazador. Un alba interminable
borró las estrellas, y por fin la luz, triste y gris, se filtró en el refugio. Empezaron a
agitarse, aunque fuera del refugio el mundo seguía siendo insoportablemente peligroso.
Se podía ya percibir en el laberinto de oscuridad lo cercano y lo lejano, y en un punto