Ralph abrió un hueco en la pantalla de hierba y miró a través. Quedaban sólo unos
metros más de terreno pedregoso y después los dos lados de la isla llegaban casi a
juntarse, de modo que la vista esperaba encontrar el pico de un promontorio. Pero en su
lugar, un estrecho arrecife, de unos cuantos metros de anchura y unos quince de longitud,
prolongaba la isla hacia el mar. Allí se encontraba otro de aquellos grandes bloques
rosados que constituían la estructura de la isla. Este lado del castillo, de unos treinta
metros de altura, era el baluarte rosado que habían visto desde la cima de la montaña. El
peñón del acantilado estaba partido y su cima casi cubierta de grandes piedras sueltas
que parecían a punto de desplomarse.
A espaldas de Ralph la alta hierba estaba poblada de silenciosos cazadores.
- Tú eres el cazador.
- Ya lo sé. Está bien.
Algo muy profundo en Ralph le obligó a decir:
- Yo soy el jefe. Iré yo. No discutas. Se volvió a los otros. Vosotros escondeos ahí y
esperadme. Advirtió que su voz tendía o a desaparecer o a salir con demasiada fuerza.
Miró a Jack.
- ¿Tú... crees? Jack balbuceó.
- He estado por todas partes. Tiene que estar aquí.
- Bien.
Simón murmuró confuso:
- Yo no creo en esa fiera.
Ralph le contestó cortésmente, como si hablasen del tiempo:
- No, claro que no.
Tenía los labios pálidos y apretados. Despacio, se echó el pelo hacia atrás.
- Bueno, hasta luego.
Obligó a sus pies a impulsarle hasta llegar al angostoso paso. Se encontró con un
abismo a ambos lados. No había dónde esconderse, aunque no se tuviese que seguir
avanzando. Se detuvo sobre el estrecho paso rocoso y miró hacia abajo. Pronto, en unos
cuantos siglos, el mar transformaría el castillo en isla. A la derecha estaba la laguna,
turbada por el mar abierto, y a la izquierda...
Ralph tembló. La laguna les había protegido del Pacífico y por alguna razón sólo Jack
había descendido hasta el agua por el otro lado. Tenía ante sí el oleaje del mar, tal como
lo ve el hombre de tierra, como la respiración de un ser fabuloso. Lentamente, las aguas
se hundían entre las rocas, dejando al descubierto rosadas masas de granito, extrañas
floraciones de coral, pólipos y algas. Bajaban las aguas, bajaban murmurando como el
viento entre las alturas del bosque. Había allí una roca lisa, que se alargaba como una
mesa, y las aguas, al ser absorbidas entre la vegetación de sus cuatro costados, daban a
estos el aspecto de acantilados. Respiró entonces el adormecido leviatán: las aguas
subieron, removieron las algas y el agua hirvió sobre el tablero con un bramido. No se
sentía el paso de las olas; sólo aquel prolongado, minuto a minuto, bajar y subir.
Ralph se volvió hacia el rojo acantilado. Allí, entre la alta hierba, esperaban todos,
esperaban a ver qué hacía él. Notó que el sudor de sus manos era frío ahora; con
sorpresa advirtió que en realidad no esperaba encontrar ninguna fiera y que no sabría qué
hacer si la encontraba.
Vio que le sería fácil escalar el acantilado, pero no era necesario. La estructura vertical
del macizo había dejado una especie de zócalo a su alrededor, de manera que a la
derecha del lado de la laguna se podía avanzar, palmo a palmo, por un saliente hasta
volver la esquina y perderse de vista. Era un camino fácil y pronto se halló al otro lado del
macizo. Era lo que esperaba y nada más: rosadas peñas dislocadas, cubiertas como una
tarta por una capa de guano, y una cuesta empinada que subía hasta las rocas sueltas
que coronaban el bastión. Un ruido a sus espaldas le hizo volverse. Jack se acercaba por
el zócalo.