En el silencio de Simón, Ralph dijo secamente:
- A tí te falta un tornillo.
Simón movió la cabeza con violencia, haciendo volar su áspera melena negra hacia un
lado y otro de la cara.
- No, no me falta nada. Simplemente creo que volverás.
No hablaron más durante unos instantes. Y, de pronto, se sonrieron mutuamente.
Roger llamó desde el interior del bosque.
- ¡Venid a ver!
La tierra junto a la trocha de los cerdos estaba removida y había en ella excrementos
que aún despedían vapor. Jack se agachó hasta ellos como si le atrajesen.
- Ralph..., necesitamos carne, aunque estemos buscando lo otro.
- Si no nos salimos del camino, de acuerdo, cazaremos.
Se pusieron de nuevo en marcha: los cazadores, agrupados por su temor a la fiera,
mientras que Jack se adelantaba, afanoso en la búsqueda. Avanzaban menos de lo que
Ralph se había propuesto, pero en cierto modo se alegraba de perder un poco el tiempo,
y caminaba meciendo su lanza. Jack tropezó con alguna dificultad y pronto se detuvo la
procesión entera. Ralph se apoyó contra un árbol; inmediatamente brotaron los ensueños
a su alrededor. Jack tenía a su cargo la caza y ya habría tiempo para ir a la montaña...
Una vez, cuando a su padre le trasladaron de Chatam a Devonport, habían vivido en
una casa de campo al borde de las marismas. De todas las casas que Ralph había
conocido, aquélla se destacaba con especial claridad en su recuerdo porque de allí le
enviaron al colegio. Mamá aún estaba con ellos y papá venía a casa todos los días Los
potros salvajes se acercaban a la tapia de piedra al fondo del jardín, y había nieve. Detrás
de la casa se encontraba una especie de cobertizo y allí podía uno tenderse a contemplar
los copos que se alejaban en remolinos. Veía las manchas húmedas donde los copos
morían; luego observaba el primer copo que yacía sin derretirse y veía cómo todo el suelo
se volvía blanco. Cuando sentía frío, entraba en la casa a mirar por la ventana, entre la
lustrosa tetera de cobre y el plato con los hombrecillos azules...
A la hora de acostarse le esperaba siempre un tazón lleno de cornflakes con leche y
azúcar. Y los libros... estaban en la estantería junto a la cama, descansando unos en
otros, pero siempre había dos o tres que yacían encima, sobre un costado, porque no se
había molestado en ponerlos de nuevo en su sitio. Tenían dobladas las esquinas de las
hojas y estaban arañados. Había uno, claro y brillante, acerca de Topsy y Mopsy, que
nunca leyó porque trataba de dos chicas; también, aquel sobre el Mago, que se leía con
una especie de reprimido temor, saltando la página veintisiete, que tenía una ilustración
espantosa de una araña; otro libro contaba la historia de unas personas que habían
encontrado cosas enterradas, cosas egipcias, y luego estaban los libros para muchachos;
El libro de los trenes y El libro de los navíos. Se presentaban ante él con entera realidad;
los podría haber alcanzado y tocado, sentía el peso de El libro de los mamuts y su lento
deslizarse al salir del estante... Todo marchaba bien entonces; todo era grato y amable.
A unos cuantos pasos de ellos los arbustos sonaron como una explosión. Los
muchachos salían como locos de la trocha de los cerdos y se deslizaban entre las
trepadoras, gritando. Ralph vio a Jack caer de un empujón. Y de pronto apareció un
animal que venía por la trocha lanzado hacia él, con colmillos deslumbrantes y un rugido
temible. Ralph se dio cuenta de que era capaz de medir la distancia con calma y apuntar.
Cuando el jabalí se encontraba sólo a cuatro metros, le lanzó el ridículo palo de madera
que llevaba; vio que le daba en el enorme hocico y que colgaba de él por un momento. El
timbre del gruñido se transformó en un chillido y el jabalí giró bruscamente de costado,
entrando en el sotobosque. La trocha se volvió a llenar de muchachos vociferantes; Jack
regresó corriendo, y hurgó con su lanza en la maleza.
- Por aquí...
- ¡Pero nos puede coger!