- He dicho que por aquí...
El jabalí se les escapaba. Encontraron otra trocha paralela a la primera y Jack se lanzó
corriendo. Ralph estaba lleno de temor, de aprensión y de orgullo.
- ¡Le di! La lanza se clavó...
Llegaron inesperadamente a un espacio abierto, junto al mar. Jack dio con el puño en
la desnuda roca y manifestaba su disgusto.
- Se ha ido..
- Le alcancé - repitió Ralph -, y la lanza se clavó... Sintió la necesidad de testigos.
- ¿No me visteis? Maurice asintió.
- Yo te vi. De lleno en el hocico. ¡Yiiii! Ralph, excitado, siguió hablando.
- Que si le di. Le clavé la lanza. ¡Le herí! Sintió el calor del nuevo respeto que sentían
por él y pensó que cazar valía la pena, después de todo.
- Le di un buen golpe. ¡Yo creo que esa era la fiera! Jack regresó.
- No era la fiera. Era un jabalí.
- Le alcancé.
- ¿Por qué no le atrapaste? Yo lo intenté... La voz de Ralph se alzó:
- ¿A un jabalí?
De repente Jack se acaloró:
- Dijiste que nos podía atropellar. ¿Por qué tuviste que lanzarla? ¿Por qué no
esperaste?
Extendió el brazo.
- Mira.
Volvió el antebrazo izquierdo para que todos pudiesen verlo. Tenía un rasguño en la
cara exterior; pequeño, pero ensangrentado.
- Me lo hizo con los colmillos. No pude bajar la lanza a tiempo.
Jack pasó a ser el foco de atención.
- Eso es una herida - dijo Simón -, y tienes que chupar la sangre. Como Berengaria.
Jack aplicó los labios a la herida.
- Yo le di - dijo Ralph indignado -. Le di con la lanza; le herí.
Trató de atraer la atención general.
- Venía por el sendero. Tiré así...
Robert lanzó un gruñido. Ralph aceptó el juego y todos rieron. Pronto se encontraron
atacando a Robert, que fingía embestirles.
Jack gritó:
- ¡Haced un círculo!
El círculo se fue estrechando y girando. Robert chillaba con fingido terror, después con
dolor verdadero.
- ¡Ay! ¡Quietos! ¡Me estáis haciendo daño! Cayó el extremo de una lanza sobre su
espalda mientras trataba de esquivar a los demás.
- ¡Agarradle!
Le cogieron por los brazos y las piernas. Ralph, dejándose llevar por una fuerte
excitación repentina, arrebató la lanza de Eric y con ella aguijoneó a Robert.
- ¡Matadle! ¡Matadle!
A la vez, Robert gritaba y luchaba con la fuerza que produce la desesperación. Jack le
tenía agarrado por el pelo y blandía su cuchillo. Detrás de él, luchando por acercarse,
estaba Roger. El canto surgió como un ritual, como si fuese el instante final de una danza
o una cacería.
- ¡Mata al jabalí! ¡Córtale el cuello! ¡Mata al jabalí! ¡Pártele el cráneo!
También Ralph luchaba por acercarse, para conseguir un trozo de aquella carne
bronceada, vulnerable. El deseo de agredir y hacer daño era irresistible.
El brazo de Jack descendió; el delirante grupo aplaudió y lanzó gruñidos que imitaban
los de un jabalí moribundo. Se calmaron entonces, jadeantes y escuchando el asustado