harapos, contemplando los perfiles recortados de las olas profundas, que con tanta
lentitud pasaban a lo largo de la isla. Encontraron fruta en un refugio de brillantes
pajarillos que revoloteaban a la manera de los insectos. Ralph dijo entonces que iban
demasiado despacio. Se subió él mismo a un árbol, entreabrió el dosel de la copa y vio la
cuadrada cumbre de la montaña, que aún parecía muy lejana. Trataron de apresurarse
siguiendo sobre las rocas, pero Robert se hizo un mal corte en la rodilla y tuvieron que
admitir que aquel sendero habría de tomarse con tranquilidad si querían permanecer
indemnes. Desde aquel punto continuaron como si estuviesen escalando una peligrosa
montaña hasta que las rocas se transformaron en un verdadero acantilado, cubierto de
una jungla impenetrable y cortado a tajo sobre el mar.
Ralph examinó el sol con atención.
- El final de la tarde. Ha pasado la hora del té, eso seguro.
- No recuerdo este acantilado - dijo Jack cabizbajo -; debe ser el trozo de costa que no
he recorrido.
Ralph asintió.
- Déjame pensar.
Ya no sentía vergüenza alguna por pensar en público, y podía estudiar las decisiones
del día como si se tratase de una partida de ajedrez. Lo malo era que jamás sería un buen
jugador de ajedrez. Pensó en los peques y en Piggy. Veía a Piggy completamente solo,
acurrucado en un refugio donde todo era silencio, excepto los gritos de las pesadillas.
- No podemos dejar solos a Piggy y a los peques toda la noche.
Los otros muchachos no dijeron nada; todos, sin embargo, se quedaron mirándole.
- Pero tardaríamos horas en volver.
Jack tosió y habló con un tono extraño, seco.
- Hay que cuidar a Piggy, ¿verdad? Ralph se tecleó en los dientes con la sucia punta
de la lanza de Eric.
- Si atravesamos... Miró a su alrededor.
- Alguien tiene que atravesar la isla y decirle a Piggy que llegaremos después de que
anochezca. Bill, asombrado, dijo:
- ¿A solas por el bosque? ¿Ahora?
- Sólo podemos prescindir de uno.
Simón se abrió camino hasta llegar junto a Ralph:
- Puedo ir yo, si quieres. No me importa, de verdad.
Antes de que Ralph tuviese tiempo de contestar, sonrió rápidamente, dio la vuelta y
ascendió en dirección al bosque.
Ralph volvió los ojos a Jack, viéndole, con exasperación, por primera vez:
- Jack... aquella vez que hiciste todo el camino hasta la roca del castillo...
Jack le miró hoscamente.
- ¿Sí?
- Seguiste un trozo de esta orilla... bajo la montaña, hasta más allá.
- Sí.
- ¿Y luego?
- Encontré una trocha de jabalíes. Es larguísima. Ralph asintió con la cabeza. Señaló
hacia el bosque:
- Entonces la trocha debe estar ahí cerca. Todo el mundo asintió, sabiamente.
- Bueno, pues nos iremos abriendo camino hasta que demos con la trocha.
Dio un paso y se detuvo:
- ¡Pero espera un momento! ¿Hacia dónde va esa trocha?
- A la montaña - dijo Jack -, ya te lo he dicho - Rió con sorna -: ¿No quieres ir a la
montaña?
Ralph suspiró; advertía que aumentaba el antagonismo tan pronto como Jack
abandonaba el mando.