- Pues entonces...
Uno junto al otro, bajo las miradas de los silenciosos muchachos, emprendieron la
marcha hacia la montaña.
- Qué tontería. ¿Cómo vamos a ir los dos solos? Si encontramos algo, necesitaremos
ayuda...
Les llegó el rumor de los muchachos que escapaban corriendo. Con asombro, vieron
una figura oscura moverse de espaldas a la marea.
- ¿Roger?
- Sí.
- Entonces, ya somos tres.
De nuevo comenzaron a escalar la falda de la montaña. La oscuridad parecía fluir en
torno suyo como si fuese la propia marea. Jack, que había permanecido callado, empezó
a atragantarse y toser; una ráfaga de aire les hizo escupir a los tres. Las lágrimas
cegaban a Ralph.
- Es ceniza. Estamos al borde del terreno quemado.
Sus pasos, y en ocasiones la brisa, iban levantando remolinos de polvo. Al parar de
nuevo, Ralph tuvo tiempo de pensar, mientras tosía, en la tontería que estaban
cometiendo. Si no había ninguna fiera - y casi seguro que no la habría -, en ese caso, bien
estaba; pero si había algo esperándoles en la cima de la montaña..., ¿qué iban a hacer
ellos tres, impedidos por la oscuridad y llevando consigo sólo unos palos?
- Somos unos locos.
De la oscuridad llegó la respuesta:
- ¿Miedo?
Ralph se irguió lleno de irritación. La culpa de todo la tenía Jack.
- Pues claro, pero de todos modos somos unos locos.
- Si no quieres seguir - dijo la voz con sarcasmo -, subiré yo solo.
Ralph oyó aquella burla y sintió odio hacia Jack. El escozor de la ceniza en sus ojos, el
cansancio y el temor le enfurecieron.
- ¡Pues sube! Te esperamos aquí. Hubo un silencio.
- ¿Por qué no subes? ¿Tienes miedo? Una mancha en la oscuridad, una mancha que
era Jack, se destacó y empezó a alejarse.
- Bien, hasta luego.
La mancha se desvaneció. Otra vino a tomar su lugar.
Ralph sintió que su rodilla tocaba una cosa dura: sus piernas mecieron un tronco
carbonizado, áspero al tacto. Sintió las calcinadas rugosidades - que habían sido cortezas
- rozarle detrás de las rodillas y supo así que Roger se había sentado. Buscó a tientas y
se acomodó junto a Roger, mientras el tronco se mecía entre cenizas invisibles. Roger,
poco hablador por naturaleza, permaneció callado. No expresó lo que pensaba de la fiera
ni le dijo a Ralph por qué se había decidido a acompañarles en aquella insensata
expedición. Se limitaba a permanecer allí sentado, meciendo el tronco suavemente. Ralph
escuchó unos golpecillos rápidos y enervantes y comprendió que Roger estaba golpeando
algo con su estúpido palo de madera.
Y así permanecieron: el hermético Roger continuaba con su balanceo y sus golpecitos;
Ralph alimentaba su indignación. Les rodeaba un cielo cargado de estrellas, salvo en
aquel lugar donde la montaña perforaba un orificio de oscuridad. Oyeron el ruido de algo
que se movía por encima de ellos, en lo alto; era el ruido de alguien que se acercaba a
gigantescos y arriesgados pasos sobre roca o ceniza. Llegó Jack. Temblaba y
tartamudeaba, con una voz que apenas reconocieron como la suya.
- Ví una cosa en la cumbre.
Le oyeron tropezar con el tronco, que se meció violentamente. Permaneció callado un
momento, luego balbuceó: