Dio media vuelta y salió a paso rápido; segundos después todos le seguían dócilmente.
Una vez en el bosque, se dispersaron con cierto recelo. Pronto se topó Jack con unas
raíces sueltas, arrancadas, que anunciaban la presencia de un cerdo, y momentos
después encontraban huellas más recientes. Jack mandó callar a los muchachos con una
seña y se adelantó él solo. Se sentía feliz; vestía la húmeda oscuridad del bosque como si
fuesen sus antiguas prendas. Se deslizó por una cuesta hasta llegar a una zona de roca y
árboles diseminados al borde del mar.
Los cerdos, como hinchadas bolsas de tocino, disfrutaban sensualmente la sombra de
los árboles. No soplaba ni la más ligera brisa y nada pudieron sospechar; además, la
experiencia había prestado a Jack el silencio mismo de las sombras. Se apartó
sigilosamente del lugar y dio instrucciones a los ocultos cazadores. Después fueron
acercándose todos, palmo a palmo, sudando en el silencio y el calor. Bajo los árboles se
movió distraídamente una oreja: algo apartada de los demás, sumergida en arrobo
maternal, descansaba la hembra más grande de la manada. Era negra y rosada; un hilera
de cochinillos que dormitaban o se apretujaban contra la madre y gruñían, orlaban sus
enormes ubres.
Jack se detuvo a una quincena de metros de la manada y con su brazo extendido
señaló a la hembra. Miró a su alrededor para cerciorarse de que todos habían
comprendido, y los muchachos asintieron con la cabeza. La fila de brazos derechos giró
en arco hacia atrás.
- ¡Ahora!
La manada se sobresaltó; desde una distancia de diez metros escasos, las lanzas de
maderas con puntas endurecidas al fuego volaron hacia el animal elegido. Uno de los
cochinillos, con alaridos enloquecidos, corrió a lanzarse al mar arrastrando tras sí la lanza
de Roger. La cerda lanzó un angustiado chillido y se levantó tambaleándose, con dos
lanzas clavadas en su grueso flanco. Los muchachos avanzaron gritando; los cochinillos
se dispersaron y la hembra, rompiendo la fila que venía hacia ella, aplastó los obstáculos
y penetró en el bosque.
- ¡A por ella!
Corrieron por la trocha, pero el bosque estaba demasiado oscuro y cerrado, y Jack,
maldiciendo, tuvo que detener a los muchachos y conformarse con escudriñar entre los
árboles. Permaneció en silencio por algún tiempo, pero respiraba con tanta energía que
los demás se sintieron atemorizados y se miraron con intranquilo asombro. Por fin apuntó
al suelo con un dedo extendido.
- Ahí...
Antes de que los demás tuviesen tiempo de examinar la gota de sangre, Jack ya se
había vuelto para rastrear una huella y tantear una rama que cedía al tacto. Avanzó, con
misteriosa certeza y seguridad, seguido por los cazadores.
Se detuvo ante un matorral.
- Ahí dentro.
Rodearon el matorral, pero la cerda volvió a escapar, con la punzada de una nueva
lanza en su flanco. Los extremos de las lanzas, arrastrándose por el suelo, estorbaban los
movimientos del animal y las afiladas puntas, cortadas en cruz, eran un tormento. Al
tropezar con un árbol, una de las lanzas se hundió aún más; cualquiera de los cazadores
podía ya seguir fácilmente las gotas de sangre viva. La tarde, brumosa, húmeda y
asfixiante, pasaba lentamente; sangrante y enloquecida, la cerda avanzaba con creciente
dificultad, y los cazadores la perseguían, unidos a ella por el deseo, excitados por la larga
persecución y la sangre derramada. Podían verla ahora y estuvieron a punto de
alcanzarla, pero con un esfuerzo supremo logró de nuevo distanciarse de ellos. Estaba ya
a su alcance cuando penetró en un claro donde brillaban las flores multicolores y las
mariposas bailaban en círculos en el aire cálido y pesado.