presentaba ya la espesura de la jungla. Allí, los vastos espacios abiertos se veían
salpicados de sotos y enormes árboles; la pendiente del terreno lo llevó hacia arriba al
dirigirse hacia los espacios libres. Siguió adelante, desfalleciendo a veces por el
cansancio, pero sin llegar nunca a detenerse. El habitual brillo de sus ojos había
desaparecido; caminaba con una especie de triste resolución, como si fuese un viejo.
Un golpe de viento le hizo tambalearse y vio que se hallaba fuera del bosque, sobre
rocas, bajo un cielo plomizo. Notó que sus piernas flaqueaban y que el dolor de la lengua
no cesaba. Cuando el viento alcanzó la cima de la montaña vio algo insólito: una cosa
azul aleteaba ante la pantalla de nubes oscuras. Siguió esforzándose en avanzar y el
viento sopló de nuevo, ahora con mayor violencia, abofeteando las copas del bosque, que
rugían y se inclinaban para esquivar sus golpes. Simón vio que una cosa encorvada se
incorporaba de repente en la cima y le miraba desde allí. Se tapó la cara y siguió a duras
penas.
También las moscas habían encontrado aquella figura. Sus movimientos, que parecían
tener vida, las asustaban por un momento y se apiñaban alrededor de la cabeza en una
nube negra. Después, cuando la tela azul del paracaídas se desinflaba, la corpulenta
figura se inclinaba hacia adelante, con un suspiro, y las moscas volvían una vez más a
posarse.
Simón sintió el golpe de la roca en sus rodillas Se arrastró hacia adelante y pronto
comprendió. El enredo de cuerdas le mostró la mecánica de aquella parodia; examinó los
blancos huesos nasales, los dientes, los colores de la descomposición. Vio cuan
despiadadamente los tejidos de caucho y lona sostenían ceñido aquel pobre cuerpo que
debería estar ya pudriéndose. De nuevo sopló el viento y la figura se alzó, se inclinó y le
arrojó directamente a la cara su aliento pestilente. Simón, arrodillado, apoyó las manos en
el suelo y vomitó hasta vaciar por completo su estómago. Después agarró los tirantes, los
soltó de las rocas y libró a la figura de los ultrajes del viento. Por fin, apartó la vista para
contemplar la playa bajo él. La hoguera de la plataforma parecía estar apagada, o al
menos sin humo. En una zona más lejana de la playa, detrás del riachuelo y cerca de una
gran losa de roca, podía verse un fino hilo de humo que trepaba hacia el cielo. Simón, sin
acordarse ya de las moscas, colocó ambas manos a modo de visera y contempló el
humo. Aun a aquella distancia pudo comprobar que la mayoría de los muchachos - quizá
todos ellos - se encontraban allí reunidos. De modo que habían cambiado el lugar del
campamento para alejarse de la fiera. Al pensar en ello, Simón volvió los ojos hacia
aquella pobre cosa sentada junto a él, abatida y pestilente. El monstruo era inofensivo y
horrible, y esa noticia tenía que llegar a los demás lo antes posible. Empezó el descenso,
pero sus piernas no le respondían. Por mucho que se esforzaba sólo lograba
tambalearse.
- A bañarnos - dijo Ralph -, es lo mejor que podemos hacer.
Piggy observaba a través de su lente el cielo amenazador.
- Esas nubes me dan mala espina. ¿Te acuerdas cómo llovía, justo después de
aterrizar?
- Va a llover otra vez.
Ralph se lanzó a la poza. Una pareja de pequeños jugaba en la orilla, buscando alivio
en un agua más caliente que la propia sangre. Piggy se quitó las gafas, se metió con gran
precaución en el agua y se las volvió a poner. Ralph salió a la superficie y le sopló agua a
la cara.
- Cuidado con mis gafas - dijo Piggy -. Si se me moja el cristal tendré que salirme para
limpiarlas.
Ralph volvió a escupirle, pero falló. Se rió de Piggy, esperando verle retirarse en su
dolido silencio, sumiso como siempre. Pero Piggy, por el contrario, golpeó el agua con las
manos.
- ¡Estáte quieto! - gritó -. ¿Me oyes? Con rabia, arrojó agua al rostro de Ralph.