- Bueno, bueno - dijo Ralph -; no pierdas los estribos.
Piggy se detuvo.
- Tengo un dolor aquí, en la cabeza... Ojalá viniera un poco de aire fresco.
- Si lloviese...
- Si pudiésemos irnos a casa...
Piggy se reclinó contra la pendiente del lado arenoso de la poza. Su estómago emergía
del agua y se secó con el aire. Ralph lanzó un chorro de agua al cielo. El movimiento del
sol se adivinaba por una mancha de luz que se distinguía entre las nubes. Se arrodilló en
el agua y miró en torno suyo,
- ¿Dónde están todos? Piggy se incorporó.
- A lo mejor están tumbados en el refugio.
- ¿Dónde está Samyeric?
- ¿Y Bill?
Piggy señaló a un lugar detrás de la plataforma.
- Se fueron por ahí. A la fiesta de Jack.
- Que se vayan - dijo Ralph inquieto -. Me trae sin cuidado.
- Y sólo por un poco de carne...
- Y por cazar - dijo Ralph juiciosamente -, y para jugar a que son una tribu y pintarse
como los guerreros.
Piggy removió la arena bajo el agua y no miró a Ralph.
- A lo mejor debíamos ir también nosotros. Ralph le miró inmediatamente y Piggy se
sonrojó.
- Quiero decir... para estar seguros que no pasa nada. Ralph volvió a lanzar agua con
la boca.
Mucho antes de que Ralph y Piggy llegasen al encuentro con la pandilla de Jack,
pudieron oír el alboroto de la fiesta. Las palmeras daban paso a una franja ancha de
césped entre el bosque y la orilla. A sólo un paso de la hierba se hallaba la blanca arena
llevada por el viento fuera del alcance de la marea: una arena cálida, seca y hollada. A
continuación se veía una roca que se proyectaba hacia la laguna. Más allá, una pequeña
extensión de arena, y luego, el borde del agua. Una hoguera ardía sobre la roca y la grasa
del cerdo que estaban asando goteaba sobre las invisibles llamas. Todos los muchachos
de la isla, salvo Piggy, Ralph y Simón y los dos que cuidaban del cerdo se habían
agrupado en el césped. Reían y cantaban, tumbados en la hierba, en cuclillas o en pie,
con comida en las manos. Pero a juzgar por las caras grasientas, el festín de carne había
ya casi acabado; algunos bebían de unos cocos. Antes de comenzar el banquete habían
arrastrado un tronco enorme hasta el centro del césped y Jack, pintado y enguirnaldado,
se sentó en él como un ídolo. Había cerca de él montones de carne sobre hojas verdes, y
también fruta y cocos llenos de agua.
Llegaron Piggy y Ralph al borde de la verde plataforma. Al verles, los muchachos
fueron enmudeciendo uno a uno hasta sólo oírse la voz del que estaba junto a Jack.
Después, el silencio alcanzó incluso a aquel recinto y Jack se volvió sin levantarse. Les
contempló durante algún tiempo. Los chasquidos del fuego eran el único ruido que se oía
por encima del rumor del arrecife. Ralph volvió los ojos a otro lado, y Sam, creyendo que
se había vuelto hacia él con intención de acusarle, soltó con una risita nerviosa el hueso
que roía. Ralph dio un paso inseguro, señaló a una palmera y murmuró algo a Piggy que
los demás no oyeron; después ambos rieron como lo había hecho Sam. Apartando la
arena con los pies, Ralph empezó a caminar. Piggy intentaba silbar.
En aquel momento, los muchachos que atendían el asado se apresuraron a coger un
gran trozo de carne y corrieron con él hacia la hierba. Chocaron con Piggy, quemándole
sin querer, y éste empezó a chillar y dar saltos. Al instante, Ralph y el grupo entero de
muchachos se unieron en un mismo sentimiento de alivio, que estalló en carcajadas.