- Nosotros nos fuimos muy pronto - se apresuró a decir Piggy -, porque estábamos
cansados.
- Nosotros también...
-...muy pronto...
-...estábamos muy cansados.
Sam se llevó la mano a un rasguño en la frente y la retiró en seguida. Eric se tocó el
labio cortado.
- Sí, estábamos muy cansados - volvió a decir Sam -, así que nos fuimos pronto.
¿Estuvo bien la...?
El aire estaba cargado de cosas inconfesables que nadie se atrevía a admitir. Sam giró
el cuerpo y lanzó la repugnante palabra:
- ¿... danza?
El recuerdo de aquella danza, a la que ninguno de ellos había asistido sacudió a los
cuatro muchachos como una convulsión.
- Nos fuimos pronto.
Cuando Roger llegó al istmo que unía el Peñón del Castillo a la tierra firme no se
sorprendió al oír la voz de alto. Durante la espantosa noche había ya imaginado que
encontraría a algunos de la tribu protegiéndose en el lugar más seguro contra los horrores
de la isla. La firme voz sonó desde lo alto, donde se balanceaba la pirámide de riscos.
- ¡Alto! ¿Quién va?
- Roger.
- Puedes avanzar, amigo. Roger avanzó.
- Sabías muy bien que era yo.
- El jefe nos ha dicho que tenemos que dar el alto a todos.
Roger alzó los ojos.
- Ya me dirás cómo ibas a impedir que pasara.
- Sube y verás.
Roger trepó por el acantilado, con sus salientes a guisa de escalones
- Tú mira esto.
Habían empotrado un tronco bajo la roca más alta y otro bajo aquel haciendo palanca.
Robert se apoyó ligeramente en la palanca y la roca rechinó. Un esfuerzo mayor la
hubiese lanzado tronando sobre el istmo. Roger se quedó asombrado.
- Menudo Jefe tenemos, ¿verdad? Robert asintió.
- Nos va a llevar de caza.
Indicó con la barbilla en dirección a los lejanos refugios, de donde salía un hilo de humo
blanco que trepaba hacia el cielo. Roger, sentado en el borde mismo del acantilado, se
volvió para contemplar con aire sombrío la isla, mientras se hurgaba en un diente suelto.
Su mirada se posó sobre la cima de la lejana montaña y Robert se apresuró a desviar el
silenciado tema.
- Le va a dar una paliza a Wilfred.
- ¿Por qué?
Robert movió la cabeza en señal de ignorancia.
- No sé. No ha dicho nada. Se enfadó y nos obligó a atar a Wilfred. Lleva... - lanzó una
risita excitada - lleva horas ahí atado, esperando...
- ¿Y el Jefe no ha dicho por qué?
- Yo no le he oído nada.
Roger, sentado en las gigantescas rocas, bajo un sol abrasador, recibió aquellas
noticias como una revelación. Dejó de tirarse del diente y se quedó quieto, reflexionando
sobre las posibilidades de una autoridad irresponsable. Después, sin más palabras,
descendió por detrás de las rocas y se dirigió a la caverna para reunirse con el resto de la
tribu.