- Los demás os podéis ir a dormir en cuanto se ponga el sol. Pero nosotros tres,
Maurice, Roger y yo, tenemos trabajo que hacer. Saldremos justo antes de que
anochezca...
Maurice alzó un brazo.
- Pero ¿y si nos encontramos con...?
El Jefe rechazó la objeción con un giro de su brazo.
- Iremos por la arena. Y si viene, empezaremos otra vez... con nuestra...
- ¿Los tres solos?
Se oyó el zumbido de un murmullo que pronto se desvaneció.
Piggy entregó las gafas a Ralph y esperó hasta recobrar la vista. La leña estaba
húmeda; era el tercer intento de encender la hoguera. Ralph se apartó y dijo para sí:
- A ver si no tenemos que pasar otra noche sin hoguera.
Miró con cara de culpa a los tres muchachos junto a él. Era la primera vez que admitía
la doble función de la hoguera. Lo primero, indudablemente, era enviar al espacio una
columna de humo mensajero; pero también servía de hogar en momentos como aquellos
y de alivio hasta que el sueño les acogiese. Eric sopló tenazmente hasta lograr que la
leña brillase y de ella se desprendiese una pequeña llama. Una onda blanca y amarilla
humeó hacia lo alto. Piggy recuperó sus gafas y contempló con agrado el humo.
- ¡Si pudiésemos construir un aparato de radio!
- O un avión...
-... o un barco...
Ralph sondeó en sus ya borrosos recuerdos del mundo.
- A lo mejor caemos prisioneros de los rojos. Eric se echó la melena hacia atrás.
- Serían mejores que...
Pero no quería dar nombres y Sam terminó la frase señalando con la cabeza en
dirección a la playa.
Ralph recordó la torpe figura pendiente del paracaídas.
- Dijo algo acerca de un muerto... - afligido por aquella confesión de complicidad en la
danza, se sonrojó. Con expresivos movimientos de su cuerpo se dirigió al humo:
- No te pares... ¡sigue hacia arriba!
- Ese humo se acaba.
- Necesitamos más leña, aunque esté mojada.
- Mi asma...
La respuesta fue automática:
- ¡Al diablo con tu asma!
- Es que me da un ataque si arrastro leños. Ojalá no me pasase, Ralph, pero qué
quieres que le haga yo.
Los tres muchachos se adentraron en el bosque y regresaron con brazadas de leña
podrida. De nuevo se alzó el humo, espeso y amarillo.
- Vamos a buscar algo de comer.
Fueron juntos a los frutales: llevaban sus lanzas; hablaron poco, comieron
apresuradamente. Cuando regresaron del bosque el sol estaba a punto ya de ponerse y
en la hoguera sólo brillaban rescoldos, sin humo alguno.
- No puedo traer más leña - dijo Eric -. Estoy rendido.
Ralph tosió:
- Allá arriba logramos mantener la hoguera.
- Pero era muy pequeña. Esta tiene que ser grande. Ralph arrojó un leño al fuego y
observó el humo que se alejaba hacia el crepúsculo.
- Tenemos que mantenerla encendida. Eric se tiró al suelo.
- Estoy demasiado cansado. Y además, ¿de qué nos va a servir?
- ¡Eric! - gritó Ralph con voz escandalizada -. ¡No hables así!
Sam se arrodilló al lado de Eric.