- ¿Qué te pasa?
- Es sólo un diente que se me ha soltado. Piggy dobló las piernas.
- ¿Estás bien, Piggy?
- Creí que venían por la caracola.
Ralph bajó corriendo por la pálida playa y saltó a la plataforma. La caracola seguía
brillando junto al asiento del jefe. Se quedó observándola unos instantes y después volvió
al lado de Piggy.
- Sigue ahí.
- Ya lo sé. No vinieron por la caracola. Vinieron por otra cosa. Ralph... ¿qué voy a
hacer?
Lejos ya, siguiendo la línea arqueada de la playa, corrían tres figuras en dirección al
Peñón del Castillo. Se mantenían junto al agua, tan alejados del bosque como podían. De
vez en cuando cantaban a media voz; y otras veces se paraban a dar volteretas junto a la
móvil línea fosforescente del agua. Iba delante el jefe, que corría con pasos ligeros y
firmes, exultante por su triunfo. Ahora sí era verdaderamente un jefe, y con su lanza
apuñaló el aire una y otra vez. En su mano izquierda bailaban las gafas rotas de Piggy.
En el breve frescor del alba, los cuatro muchachos se agruparon en torno al negro tizón
que señalaba el lugar de la hoguera, mientras Ralph se arrodillaba y soplaba. Cenizas
grises y ligeras como plumas saltaban de un lado a otro impelidas por su aliento, pero no
brilló entre ellas ninguna chispa. Los mellizos miraban con ansiedad y Piggy se había
sentado, sin expresión alguna, detrás del muro luminoso de su miopía. Ralph siguió
soplando hasta que los oídos le zumbaron por el esfuerzo, pero entonces la primera brisa
de la madrugada vino a relevarle y le cegó con cenizas. Retrocedió, lanzó una palabrota y
se frotó los ojos húmedos.
- Es inútil.
Eric le observó a través de una máscara de sangre seca. Piggy fijó su mirada hacia el
lugar donde adivinaba la figura de Ralph.
- Pues claro que es inútil, Ralph. Ahora ya no tenemos ninguna hoguera. Ralph acercó
su cara a poco más de medio metro de la de Piggy.
- ¿Puedes verme?
- Un poco.
Ralph dejó que la hinchazón de su mejilla volviera a cubrir el ojo.
- Se han llevado nuestro fuego. La ira elevó su voz en un grito:
- ¡Nos lo han robado!
- Así son ellos - dijo Piggy -. Me han dejado ciego, ¿te das cuenta? Así es Jack
Merridew. Convoca una asamblea, Ralph, tenemos que decidir lo que vamos a hacer.
- ¿Una asamblea con los pocos que somos?
- Es lo único que nos queda. Sam... deja que me apoye en ti.
Se dirigieron a la plataforma.
- Suena la caracola - dijo Piggy -. Sóplala con todas tus fuerzas.
Resonó el bosque entero; los pájaros se elevaron y las copas de los árboles se llenaron
de sus chirridos, como en aquella primera mañana que parecía ya siglos atrás. La playa
estaba desierta a ambos lados, pero de los refugios salieron unos cuantos peques. Ralph
se sentó en el pulido tronco y los otros tres se quedaron en pie, frente a él. Hizo una señal
con la cabeza y Samyeric se sentaron a su derecha. Ralph pasó a Piggy la caracola. Con
gran cuidado sostuvo el brillante objeto y guiñó los párpados en dirección a Ralph.
- Bueno, empieza.
- He cogido la caracola para deciros esto: no puedo ver nada y esos me tienen que
devolver mis gafas. Se han hecho cosas horribles en esta isla. Yo te voté a ti para jefe. Es
el único que sabía lo que hacía. Así que habla tú ahora, Ralph, y dinos lo que tenemos
que hacer... O si no...