La voz de Crawford rezumaba una absoluta y temible placidez.
-Que le diese un informe a las nueve en punto de la mañana del domingo.
-Pues haga eso, Starling. Haga exactamente eso.
- Sí, señor. La señal de interrupción de la comunicación le aguijoneó el oído. El furor le traspasó a la cara e
hizo que los ojos le ardieran.
-Me cago en tu madre -dijo-. Cabrón, más que cabrón, hijo de puta. Que se te corra Miggs encima, y ya
veremos si te gusta.
Recién duchada y abrigada con el batín de la academia del F B 1, Starling trabajaba en el segundo borrador de
su informe cuando llegó de la biblioteca su compañera de habitación, Ardelia Mapp. El rostro ancho, tostado
y eminentemente saludable de Mapp fue para Clarice una de las visiones más agradables de aquel día.
Ardelia Mapp advirtió la fatiga del rostro de su amiga. -¿Qué has hecho hoy todo el día, muchacha? Ardelia
Mapp siempre hacía las preguntas como si las respuestas no importasen.
-Halagar a un chalado para que se corriese encima de mí. -Ojalá tuviese tiempo para dedicarme a la vida
social. No sé cómo te las arreglas, y para colmo sin faltar jamás a clase.
Starling descubrió que se estaba riendo’ a carcajadas. Ardelia Mapp se rió también con ella, pero sólo en
proporción a la gracia del trillado chistecito. Starling no paraba; se oía a sí misma desde lejos, riéndose sin
cesar. A través de las lágrimas de Starling, Mapp parecía inusitadamente vieja y su sonrisa tenía una sombra
de tristeza.
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CAPíTULO 5
Jack Crawford, cincuenta y tres años, está leyendo en un sillón orejudo junto a una lámpara de pie en el
dormitorio de su casa. Tiene ante sí dos camas de matrimonio, ambas elevadas sobre tacos de madera hasta la
altura de una cama de hospital. Una es la suya; en la otra yace su esposa, Bella. Crawford la oye respirar por
la boca. Hace ya dos días que no puede moverse ni hablar con él.
Bella deja de respirar un instante. Crawford levanta la vista del libro y mira por encima de sus medias gafas
de lectura. Deja el libro. Ya vuelve a respirar, primero un leve hálito, luego un aliento normal. Él se levanta
para tomarle la tensión y el pulso. Al cabo de los meses se ha convertido en un experto con el
esfigmomanómetro.
Como no quiere separarse de ella por la noche, ha instalado una cama para él junto a la de ella. Como alarga
el brazo en la oscuridad para tocarla, ha elevado su cama a la misma altura que la de ella.
A excepción de la altura de las camas y las mínimas obras de instalación sanitaria imprescindibles para el
bienestar de Bella, Crawford ha logrado que- la habitación no recuerde a la de una enferma. Hay flores,
aunque no demasiadas. No se ve ni un solo medicamento; CrawfÓrd vació un armario de ropa blanca del
vestidor y allí colocó las medicinas y aparatos de Bella antes de traérsela del hospital a casa. (Era la segunda
vez que cruzaba con ella en brazos el umbral de aquella casa y ese pensamiento a punto estuvo de privarle de
todas sus fuerzas. )
Del sur ha llegado un frente cálido. Las ventanas están
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