martillo de orejas se hacían saltar fácilmente los cilindros de latón; su padre, cuando era niña, le había
enseñado cómo operan los ladrones. El problema sería encontrar el martillo y el tornillo; echó de menos los
trastos que acumulaba en el maletero de su Pinto.
Rebuscó en el bolso hasta encontrar el aerosol descongelante que usaba para las cerraduras del Pinto.
-¿No quiere descansar un momento en el coche, señor Yow? Métase, no vaya a coger frío; entretanto probaré
yo. Llévese el paraguas; no me hace falta, ahora sólo llovizna.
Starling acercó el Plymouth del F B 1 a la puerta a fin de alumbrarse con los faros del vehículo. Extrajo del
motor la varilla para medir el nivel de aceite, engrasó las cerraduras de los candados y a continuación las
vaporizó con el anticongelante para fluidificar el lubricante. Desde el interior del coche, el señor Yow sonrió
asintiendo con complacidos gestos de cabeza. Starling estaba encantada de que Yow fuese un hombre
inteligente; podría realizar su tarea sin enemistarse con él.
Se había hecho de noche. A la luz de los potentes faros del Plymouth, Clarice se sentía desprotegida y la
correa del ventilador -el motor funcionaba en vacío- le chirriaba en los oídos. Mientras el motor estuviese en
marcha, mejor cerrar con llave las portezuelas del coche. El señor Yow parecía inofensivo, pero no quería
correr el riesgo de acabar aplastada contra la puerta.
El candado saltó como una rana y le quedó en la mano abierto, pesado, grasiento. El segundo, al llevar
engrasado más rato, costó menos.
La puerta se negaba a subir. Starling tiró del asidero con todas sus fuerzas, hasta que sus ojos aparecieron
unas brillantes lucecitas que bailoteaban frenéticas. Yow salió a ayudarla, pero entre lo pequeño e insuficiente
que era el asidero y la dificul- tad que le causaba la hernia, de poco valió su ayuda.
-Podríamos volver la semana que viene con mi hijo o con algún operario -sugirió Yow-. Quisiera ir a casa
cuanto antes.
Starling tenía serias dudas de que le permitiesen volver a ese lugar; a Crawford le sería mucho más fácil coger
el teléfono y
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poner el asunto en manos de la delegación del F B I en Baltimore,
-No se preocupe, señor Yow. Me daré prisa. ¿Tiene un gato en el coche?
Starling introdujo el gato debajo del asidero de la puerta y se
montó con todo su peso encima de la llave que hacía las veces
de manubrio. La puerta emitió un crujido portentoso y subió un par de centímetros, curvándose en el centro
hacia el exterior. Subió luego un poco más, y otro poco más, hasta que Clarice pudo introducir la rueda de
recambio en la ranura a fin de sujetarla mientras trasladaba los dos gatos, el del señor Yow y el de su coche, a
ambos lados de la puerta, junto a los raíles por los que se deslizaba la cortina.
Alternando con ambos gatos, consiguió que la puerta subiese unos cuarenta y cinco centímetros, punto en el
que quedó trabada sin que gatos ni fuerza alguna lograsen que subiera ni un centímetro más.
El señor Yow se acercó a Clarice y miró con ella por debajo de la puerta, Su obesidad sólo le permitía
inclinarse unos segundos.
-Huele como si hubiese ratones -comentó-. Me aseguraron que empleaban raticida. Creo que hasta está
especificado en el contrato. Aquí prácticamente ignoramos lo que son los ratones, eso es lo que me dijeron,
textualmente. Pero los oigo perfectamente, ¿usted no?