supermercado había hombres conversando en el
interior de los coches.
Un Impala descapotable con cuatro jóvenes
afroamericanos apareció en el escaso tráfico y se
colocó tras la furgoneta. Los amortiguadores hacían
brincar la parte delantera del coche, como en
homenaje a las chicas con las que se cruzaban, y el
retumbar del estéreo hacía vibrar las paredes de la
furgoneta.
A través de las ventanillas traseras, Starling
comprobó que los chicos del descapotable no suponían
ninguna amenaza. Los Tullidos solían utilizar un
sedán grande o una ranchera lo bastante viejos como
para pasar inadvertidos en el vecindario, con las
ventanillas traseras completamente bajadas, y
dentro, tres o a veces cuatro de ellos. Hasta un
equipo de baloncesto en un Buick puede resultarle
siniestro a cualquier incapaz de mantener la sangre
fría.
Mientras esperaban ante un semáforo, Brigham destapó
el visor del periscopio y le dio una palmada en la
rodilla a Bolton.
—Echa un vistazo, a ver si reconoces a alguna
celebridad local en la acera -le ordenó.
El objetivo del periscopio estaba disimulado en el
ventilador del techo, y sólo permitía la visión
lateral.
Bolton hizo girar el periscopio y se apartó
frotándose los ojos.
—Esta cosa se mueve demasiado con el motor en marcha
-dijo.
Brigham se puso en contacto por radio con el equipo
de la barca.
—Están a cuatrocientos metros y siguen acercándose
al muelle -informó a los demás.
La furgoneta se detuvo ante un semáforo en rojo de
la calle Parcell, a una manzana del mercado, y
permaneció frente a él lo que les pareció un buen
rato. El conductor se inclinó como para comprobar el
retrovisor de la derecha y habló a Brigham de medio
lado.