frente y vio al cartero, que volvía a su furgoneta.
Abrió la puerta del apartamento de Mapp a tiempo
para alcanzarlo, y permaneció con la espalda vuelta
hacia el coche de prensa aparcado al otro lado de la
calle y a su teleobjetivo, mientras firmaba el
recibo de la carta certificada. Era un sobre malva
con fibras de seda en el papel de fino hilo. A pesar
de su estado de aturdimiento, le recordó alguna
cosa. Una vez dentro y a cubierto del resplandor,
miró la dirección. Una pulcra letra redonda.
Sobre el monótono temor que zumbaba en su cabeza,
saltó la alarma. Sintió un estremecimiento en la
piel del estómago, como si gotas heladas le
resbalaran por el cuerpo.
Starling sostuvo el sobre por las puntas y se
dirigió a la cocina. Sacó del bolso los
omnipresentes guantes blancos para la manipulación
de pruebas. Apretó el sobre contra el tablero de la
mesa y pasó la mano por su superficie con cuidado.
Aunque el papel era grueso, hubiera podido notar el
bulto de una pila de reloj lista para hacer explotar
una hoja de C-4.
Sabía que lo mejor era que lo examinaran con el
fluoroscopio. Si la abría podía tener problemas. Por
supuesto. A la mierda.
Abrió el sobre con un cuchillo de cocina y sacó la
única hoja de papel sedoso que contenía. Sin
necesidad de mirar la firma, supo de inmediato quién
la había escrito: Querida Clarice: He seguido con
entusiasmo el desarrollo de los acontecimientos que
han provocado tu caída en desgracia y pública
vergüenza. Las mías nunca me molestaron, salvo por
el inconveniente de que me llevaron a la cárcel;
pero es muy probable que a ti te falte la necesaria
perspectiva.
Durante nuestras conversaciones en la mazmorra, me
resultó evidente que tu padre, el difunto vigilante
nocturno, es una de las vigas maestras de tu sistema
de valores. Estoy convencido de que tu éxito en
poner fin a la carrera de sastre de Jane Gumb te