Capítulo 6.
La habitación en que Mason pasaba los días era
silenciosa, pero tenía su propio, suave pulso, los
siseos y suspiros del respirador que le
proporcionaban oxígeno. Era oscura excepto por el
resplandor del enorme acuario, en cuyo interior una
exótica anguila daba vueltas y más vueltas, trazando
continuos ochos que parecían siempre el mismo y
haciendo ondular su sombra como una cinta por las
pareces del cuarto.
El pelo trenzado de Mason formaba una gruesa rosca
sobre el caparazón del respirador que cubría su
pecho en la cama elevada. Suspendido ante él, había
un sistema de tubos semejante a una flauta de Pan.
La larga lengua de Mason asomó entre los dientes. La
pasó alrededor del final del tubo del extremo y
sopló aprovechando un suspiro del respirador.
Al instante, una voz procedente de un altavoz de la
pared le respondió.
—¿Sí, señor? —El “Tattler” -la te inicial se había
perdido, pero la voz era profunda y resonante como
la de un locutor de radio.
—En portada viene...
—No quiero que me lo leas. Ponlo en el monitor -las
emes y la pe también habían desaparecido de las
frases de Mason.
Se oyó crepitar la amplia pantalla del monitor
elevado. El resplandor verde azulado se volvió rosa
conforme iba apareciendo la roja cabecera del
“Tattler”.
—’El ángel de la muerte: Clarice Starling, la
máquina asesina del FBI’ -leyó Mason entre las tres
lentas exhalaciones del respirador.
El aparato permitía ampliar las fotografías. Mason
tenía un brazo fuera de la colcha, y esa mano
conservaba algo de movimiento. Como una araña de mar
blancuzca, avanzó arrastrada por los dedos más que
gracias a la fuerza del brazo contrahecho. Como
apenas podía girar la cabeza para mirar, el índice y
el corazón tantearon como si fueran antenas,