casualidad, ¿no sería el señor Miggs? —Lo he borrado
de mi cabeza. Pero me acuerdo de usted. Vino al
hospital y habló con Fred... con el doctor Chilton,
y bajó al sótano a hablar con Lecter, ¿no fue así? —
Sí.
El doctor Frederick Chilton, director del Hospital
Psiquiátrico Penitenciario de Baltimore, había
desaparecido durante sus vacaciones, después de la
huida del doctor Lecter.
—Supongo que se enteró de la desaparición de Fred.
—Sí, eso me dijeron.
La señorita Corey vertió unas lágrimas rápidas y
relucientes.
—Estábamos prometidos -explicó-.
Desapareció y al poco tiempo el hospital cerró. Fue
como si me cayera encima el techo. Si no hubiera
sido por la iglesia no habría salido adelante.
—Lo siento -dijo Starling-. Ahora tiene un buen
trabajo.
—Pero no tengo a Fred. Era un hombre extraordinario.
Compartíamos un amor de los que no se encuentran
todos los días. Lo eligieron Alumno del Año cuando
estaba en el instituto en Canton.
—Entiendo. Permítame preguntarle algo, Inelle:
¿guardaba Fred los informes en su despacho o estaban
fuera, en recepción, donde usted atendía el
mostrador? —Se guardaban en los archivadores de su
despacho; pero llegó a haber tantos que colocamos
archivadores grandes en recepción. Siempre estaban
cerrados con llave, por supuesto.
Después del cierre, los trasladaron temporalmente al
dispensario de metadona, pero mucha documentación
fue a otros sitios.
—¿Vio y manejó alguna vez el informe del doctor
Lecter? —Claro.
—¿Recuerda que contuviera alguna radiografía? Las
radiografías, ¿se guardaban con las historias
clínicas o aparte? —Con ellas. Se archivaban juntas.
Eran mayores que los archivadores, lo que suponía un
engorro. Teníamos un aparato de rayos X, pero no un
radiólogo fijo, de forma que no tenía su propio