El lobo estepario
Hermann Hesse
40
hombres como los demás, y también nosotros tenemos nuestros sueños y nuestros
juegos en el magín. Porque observé, señor sabio, que te apurabas un poquito al ir a
contarme tu historia de Goethe, tenias que esforzarte por hacer comprensibles tus cosas
ideales a una muchacha tan sencilla. Y por eso he querido hacerte ver que no necesitas
esforzarte. Yo te entiendo ya. Bueno, ¡y ahora, punto! Te está esperando la cama.
Se fue, y a mí me condujo un anciano camarero al segundo piso, mejor dicho,
primero me preguntó por el equipaje, y cuando oyó que no había ninguno, hube de
pagar por anticipado lo que él llamó precio de la cama. Luego me llevó, por una vieja
escalera siniestra, a una habitación de arriba y me dejó solo. Allí había una miserable
cama de madera, pequeña y dura, y de la pared colgaba un sable y un retrato en colores
de Garibaldi, además una corona marchita, de la fiesta de alguna Asociación. Hubiera
dado cualquier cosa por una camisa de dormir. Al menos había agua y una pequeña
toalla, pude lavarme y me eché en la cama vestido, dejé la luz encendida y tuve tiempo
de meditar. «Bueno, con Goethe estaba yo ahora en orden. Era magnífico que hubiera
venido hasta mí en sueños. Y esta maravillosa muchacha... ¡Si yo hubiese sabido al
menos su nombre! De pronto un ser humano, una persona viva que rompe la turbia
campana de cristal de mi aislamiento y me alarga la mano, una mano cálida, buena y
hermosa. De repente, otra vez cosas que me importaban algo, en las que podía pensar
con alegría, con preocupación, con interés. Pronto una puerta abierta, por la cual la vida
entraba hacia mí. Acaso pudiera vivir de nuevo, acaso pudiera volver a ser un hombre.
Mi alma, adormecida de frío y casi yerta, volvía a respirar, aleteaba soñolienta con
débiles alas minúsculas. Goethe estaba conmigo. Una muchacha me había hecho comer,
beber, dormir, me había demostrado amabilidad, se había reído de mí y me había
llamado joven y tonto. Y la maravillosa amiga me había referido también cosas de los
santos y me había demostrado que hasta en mis más raras extravagancias no estaba yo
solo e incomprendido y no era una excepción enfermiza, sino que tenía hermanos y que
alguien me entendía. ¿Volvería a verla? Sí; seguramente, era de fiar. «Una palabra es
una palabra.»
Y así volví a dormirme; dormí cuatro, cinco horas. Habían dado las diez cuando
desperté, con el traje arrugado, lleno de cansancio, deshecho, con el recuerdo de algo
horroroso del día anterior en la cabeza, pero animado, lleno de esperanzas y de buenos
pensamientos. Al volver a mi casa, ya no sentí nada del miedo que este regreso había
tenido ayer para mí.
En la escalera, más arriba de la araucaria, me encontré con la «tía», mi casera, a la
que yo rara vez me echaba a la cara, pero cuya amable manera de ser me complacía
mucho. El encuentro no me fue muy agradable, como que yo estaba en estado un poco
lastimoso y con las huellas de haber trasnochado, sin peinar y sin afeitar. Saludé y quise
pasar de largo. Otras veces respetaba ella siempre mi afán de quedarme solo y de pasar
inadvertido, pero hoy parecía, en efecto, que entre el mundo a mi alrededor se había
roto un velo, se había derrumbado una barrera. Sonrió y se quedó parada.
-Ha estado usted de diversión, señor Haller, esta noche ni siquiera ha deshecho usted
la cama. ¡Estará usted muy cansado!
-Sí -dije, y hube de reírme también-. Esta noche ha sido un poco animada, y como no
quería turbar las costumbres de su casa, he dormido en un hotel. Mi consideración para
con la tranquilidad y respetabilidad de su casa es grande, a veces se me antoja que soy
en ella como un cuerpo extraño.
-¡No se burle usted, señor Haller!
-¡Oh, yo sólo me burlo de mí mismo!
-Precisamente eso no debería usted hacerlo. En mi casa no debe usted sentirse como
cuerpo extraño. Usted viva como le plazca y haga lo que quiera. He tenido ya muchos
inquilinos muy respetables, joyas de respetabilidad, pero ninguno era más tranquilo, ni
nos ha molestado menos que usted. Y ahora... ¿quiere usted una taza de té?
No me opuse. En su salón, con los hermosos cuadros y muebles de los abuelos, me
sirvieron té, y charlamos un poco; la amable señora se enteró, realmente sin
preguntarlo, de estas y las otras cosas de mi vida y de mis pensamientos, y ponía