Hermann Hesse
Siddharta
6
miró hacia el interior y vio a Siddharta en el mismo sitio, con los brazos cruzados. Pálido, con su
clara túnica reluciente. El padre regresó a su lecho con el corazón intranquilo.
Después de una hora sin conseguir conciliar el sueño, se levantó otra vez, paseó de un lado a
otro, salió de la casa y observó que la luna había salido. A través de la ventana de la alcoba
contempló el interior; y allí se encontraba Siddharta sin haberse movido, con los brazos cruzados,
con la luz de la luna reflejándose en sus desnudas piernas. Con el corazón abrumado, regresó a su
cama.
Y volvió después de una hora, de dos horas; miró a través de la pequeña ventana y vio a
Siddharta a la luz de la luna, de las estrellas, en la oscuridad. Y lo repitió a cada hora, en silencio;
miraba hacia la alcoba y veía que Siddharta no se movía. Su corazón se llenó de ira, se colmó de
intranquilidad, se saturó de miedo, se nutrió de pena.
Y en la última hora de la noche, antes de que empezara el día, regresó; entró en el cuarto y
observó al joven, que le pareció más alto, como un extraño.
- Siddharta - invoco-. ¿ Qué esperas?
-Tú ya sabes.
-¿Te quedarás siempre así y aguardarás hasta que se haga de día, hasta el mediodía, hasta la
noche?
-Me quedaré así y esperaré.
-Te cansarás, Siddharta.
-Me cansaré.
-Te dormirás, Siddharta.
-No me dormiré.
-Te morirás, Siddharta.
-Me moriré.
-¿Y prefieres morir antes que obedecer a tu padre?
-Siddharta siempre ha obedecido a su padre.
-Así pues, ¿deseas abandonar tu idea?
-Siddharta hará lo que su padre le diga.
La primera luz del día entró en la habitación. El brahmán vio que las rodillas de Siddharta
temblaban. Sin embargo, en el rostro de su hijo no vio ninguna duda, sus ojos miraban hacia muy
lejos. Entonces el padre se dio cuenta de que Siddharta ya desde ahora no se hallaba a su lado, en
su tierra. Ahora ya le había abandonado.
El padre tocó el hombro de Siddharta.
-Irás al bosque -dijo-, y serás un samana. Si encuentras la bienaventuranza en el bosque,
regresa y enséñamela. Si hallas el desengaño, vuelve y de nuevo sacrificaremos juntos ante los
dioses. Ahora ve, besa a tu madre y dile adónde vas. Ya es mi hora de ir al río, a efectuar la primera
ablución.
Retiró la mano del hombro de su hijo y salió. Siddharta vaciló en el momento en que intentó
andar. Dominó sus miembros, se inclinó ante su padre y se dirigió hacia su madre para obrar tal
como le había pedido el progenitor.
Con la primera luz del día, Siddharta abandonó lentamente la silenciosa ciudad, con las piernas
entumecidas aún. En la última choza apareció una sombra que se había escondido allí, y que se unió
al peregrino: era Govinda.
-Has venido -declaró Siddharta, sonriente.
-He venido -respondió Govinda.