Hermann Hesse
Siddharta
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inclinaban ante él y se convertían en sus discípulos.
Esta leyenda, este rumor, este cuento sonó en el aire, perfumó la atmósfera aquí y allá. Los
brahmanes hablaban de ello en las ciudades, los samanas en el bosque; siempre se repetía el
nombre de Gotama, el buda, a los oídos de los jóvenes, para bien y para mal, en alabanzas e
improperios.
Como cuando una nación sufre la peste y se dice que allí o allá hay un hombre, un sabio, un
experto cuya palabra y aliento es suficiente para curar a todos los enfermos, y esta noticia recorre el
país y todos hablan de ella, unos la creen, otros dudan, pero muchos se ponen rápidamente en
camino para buscar al sabio, al salvador, así también con aquel rumor perfumado de Gotama, el
buda, el sabio de la tribu de los Sakias. Los creyentes decían que Gotama poseía la máxima ciencia,
se acordaba de sus vidas pasadas, había alcanzado el nirvana y jamás volvería al ciclo, jamás se
hundiría de nuevo en la turbia corriente de las configuraciones. Se decía de él muchas cosas
maravillosas e increíbles, había hecho milagros, había superado al demonio, había hablado con los
dioses.
Pero sus enemigos y los incrédulos afirmaban que este Gotama era un vano seductor, que pasaba
sus días, holgadamente, despreciaba los sacrificios, no era sabio y desconocía los ejercicios y la
mortificación.
La leyenda del buda era dulce, los informes llevaban el perfume del encanto. Ciertamente el
mundo se hallaba enfermo y la vida era difícil de soportar. Y no obstante, pongan atención: una
fuente parece sonar como un suave mensaje, lleno de consuelo y de nobles promesas. En todas
partes adonde llegaba la voz del buda, en todas las regiones de la India, los jóvenes escuchaban con
interés, sentían anhelo, esperanza; cualquier peregrino o forastero recibía excelente acogida entre
los hijos de los brahmanes de las ciudades, si traía noticias de Gotama, el majestuoso, el Sakiamuni.
La leyenda también había llegado hasta los samanas del bosque, hasta Siddharta y Govinda.
Lentamente, goteando. Cada gota iba cargada de esperanza, de duda. Hablaban poco de ese
asunto, ya que el más anciano de los samanas no era amigo de la leyenda. Había oído que aquel
presunto buda había sido antes un asceta y había vivido en el bosque, pero que después había
vuelto a la vida holgada y a los placeres mundanos, y su opinión sobre este Gotama era negativa.
-Siddharta -dijo un día Govinda a su amigo-. Hoy he estado en el pueblo, y un brahmán me invitó
a entrar en su casa, y en ella estaba el hijo de un brahmán de Magada que había visto con sus
propios ojos al buda, y le había oído predicar. Con certeza me dolía el aliento en el pecho, y pensé:
¡Que yo también, que nosotros dos, Siddharta y yo, podamos vivir la hora en que escuchemos la
doctrina de los labios de aquel perfecto! Dime, amigo, ¿no deberíamos ir asimismo nosotros hacia
allí para escuchar las enseñanzas de los mismos labios del buda?
Siddharta contestó:
-Govinda, siempre pensé que Govinda se quedaría con los samanas; siempre había imaginado
que su meta era tener sesenta y setenta años, y seguir con las artes y los ejercicios que ennoblecen
a un samana. Pero mira por dónde no conocía bien a Govinda, sabía muy poco de su corazón. Así
pues, querido amigo, ahora quieres tomar un sendero y marchar hacia donde el buda predica su
doctrina.
Govinda alegó:
-¡Te gusta burlarte! ¡Pues búrlate como siempre, Siddharta! ¿Acaso no se ha despertado también
en tu interior un deseo, una afición por escuchar semejante doctrina? ¿Y no dijiste una vez que ya
no pensabas andar mucho tiempo por el camino de los samanas?
Entonces Siddharta rió de la ocurrencia. Luego en su voz, apareció una sombra de tristeza y de
ironía, y declaró:
-Bien, Govinda, has hablado con mucha propiedad, te has acordado con suma agudeza. Sin
embargo, desearía que también recordaras el resto de lo que oíste de mí; o sea, que desconfío de
todo porque estoy cansado de las doctrinas y de aprender, y que es muy pequeña mi fe en las
palabras que nos llegan de profesores. Pero adelante, querido amigo, estoy dispuesto a escuchar
aquellas enseñanzas, aunque dentro de mi corazón creo que ya hemos probado el mejor fruto de
esa doctrina.