Hermann Hesse
Siddharta
36
obligó a sí mismo.
Pensó:
«Ahora que por fin han sucumbido todas las cosas pasajeras, ahora que vuelvo a estar bajo el
sol, como cuando fui un chiquillo, me doy cuenta de que no sé nada, de que no soy capaz de nada,
de que no he aprendido nada. ¡Qué raro es todo esto! ¡Ahora voy a empezar de nuevo, como un
niño, a pesar de que ya no soy joven y que mis cabellos empiezan a encanecer -sonrió otra vez-. Sí,
tu destino será muy singular.»
Siddharta se perdía, pero ahora volvía a encontrarse en este mundo y se veía vacío, desnudo e
ignorante. Y sin embargo, no podía sentir pena por lo sucedido. No. Al contrario, tenía deseos de
reír, de burlarse de sí mismo, de chancearse de todo ese mundo tan necio y tan absurdo.
«¡Estás en decadencia!», se acusó a sí mismo., y seguidamente echóse a reír.
Al pronunciar estas palabras, miró al río, que también se deslizaba por una pendiente, siempre
hacia abajo, sin dejar de estar alegre y de canturrear. Eso gustó a Siddharta que sonrió amable-
mente al río. ¿No era el mismo río en el que había querido ahogarse, hacía ya tiempo, quizás unos
cien años? ¿O tal vez lo soñó?
Siddharta continuó meditando: «Realmente mi vida ha seguido un curso muy espécial, dando
muchos rodeos. De chiquillo sólo oía hablar de dioses y sacrificios. De mozo sólo me entretenía con
ascetas, pensamientos, meditaciones, buscando a Brahma, venerando al eterno atman. Ya de joven
seguía los ascetas, viví en el bosque, sufrí calor y frío, aprendí a pasar hambre, aprendí a apagar mi
cuerpo. Entonces la doctrina del gran buda me pareció una maravilla; sentí circular en mi interior
todo el sabor de la unidad del mundo, corno si se tratara de mi propia sangre. No obstante, tuve
que alejarme del mismo buda y del gran saber. Me fui y aprendí el arte del amor con Kamala, el
comercio con Kamaswami; amontoné dinero, malgasté, aprendí a contentar a mi estómago, a
lisonjear a mis sentidos. He necesitado muchos años para perder mi espíritu, para olvidarme del
pensar y la unidad.
«No parece que he precisado dar grandes rodeos para convertirme paulatinamente en un
hombre, para dejar de ser filósofo y vivir como una persona vulgar?» Y, a pesar de todo, ha sido un
buen camino, no ha muerto completamente el pájaro que se alberga en mi interior. Pero, ¡qué
camino es ése! He tenido que sobrevivir a tanta ignorancia, vicio, error, asco y desengaño, tan sólo
para volver a ser un hombre que no piensa, como los niños, y así, poder empezar de nuevo. No
obstante, todo ha ido bien, mi corazón se alegra, mis ojos ríen. He tenido que sufrir con
desesperación, me he visto obligado a rebajarme hasta la idea más necia, la del suicidio, para poder
recibir la gracia de sentir el Om, para volver a dormir bien y a despertarme mejor. Tuve que
convertirme en un ignorante para poder encontrar al atman en mi interior. He tenido que pecar para
volver a resucitar.
«¿Hacia dónde me seguirá llevando este camino? Mi sendero sigue un itinerario absurdo, da
rodeos, y quizá también vueltas. ¡Que siga por donde quiera! ¡YO lo seguiré!»
Sintió en su pecho una alegría maravillosa.
«¿De dónde sale esa alegría tan grande? -preguntó a su corazón-. ¿Acaso te viene de ese largo
sueño, que tanto bien te hizo?
¿O proviene de la palabra Om, que pronuncié? ¿O acaso es porque he conseguido escapar, he
logrado la fuga y por fin me encuentro otra vez libre, como un chiquillo bajo el cielo?
«¡Qué maravilla es poder huir, ser libre! ¡Qué aire más limpio y puro se respira aquí! ¡ Qué delicia
aspirarlo! Allí, de donde escapé, todo olía a cremas, especias, vino, saciedad, ocio. ¡Cómo odiaba
ese mundo de ricos, vividores y jugadores! ¡Cómo me aborrecía, me robaba, envenenaba, torturaba,
envejecía y maldecía! ¡No, jamás creeré en mí, como antes, cuando me gustaba pensar que
Siddharta era un sabio! Sin embargo, ahora sí que he obrado bien; ¡me gusta, puedo elogiar mi
obra! ¡Ahora termina el odio contra mí mismo, contra esa vida necia y monótona! Te felicito,
Siddharta, ya que después de tantos años de ocio has vuelto a tener una nueva idea, has obrado,
has oído cantar al pájaro en tu pecho, ¡y le has seguido!»
De esta forma se elogió y se sintió satisfecho de sí mismo, a la vez que oía los rugidos del
hambre en su estómago. Un retazo de pena, un mendrugo de miseria: eso era lo que ahora