Hermann Hesse
Siddharta
55
Govinda replicó:
-Pero, lo que tú llamas «objeto», ¿es realmente algo que tiene sustancia? ¿No se trata sólo de un
engaño de Maja: únicamente imagen y apariencia? Tu piedra, tu árbol, tu río..., ¿son realidades?
-Tampoco eso me preocupa mucho -repuso Siddharta-. ¡Qué más da que las cosas sean engaños
o no! Y silo son, también yo lo seré entonces, y de ese modo nunca me importará. Este es el motivo
que me obliga a tenerles tanto aprecio y veneración: son mis semejantes. Por ello puedo amarlos.
»Y ahora voy a exponerte una teoría de la que te vas a reír: el amor, Govinda, me parece que es
lo más importante que existe. Penetrar en el mundo, explicarlo y despreciarlo, puede ser cuestión de
interés para los grandes filósofos. Pero para mí, únicamente me interesa el poder amar a ese
mundo, no despreciarlo; no odiarlo ni aborrecerme a mí mismo; a mí sólo me atrae la contemplación
del mundo y de mí mismo, y de todos los seres, con amor, admiración y respeto.
-Eso sí que lo comprendo -interrumpió Govinda-. Pero precisamente fue este punto lo que el
majestuoso reconoció como engaño. Gotama ordena benevolencia, respeto, compasión, tolerancia,
pero no amor; nos prohibió atar a nuestro corazón en el amor hacia lo terrenal.
- Lo sé -repuso Siddharta. Y su sonrisa tenía un brillo dorado-. Lo sé, Govinda. Y mira, ya nos
encontramos en medio de la espesura de las opiniones, en la discusión por palabras. No puedo
negarlo: mis palabras sobre el amor contradicen, mejor dicho, parece que contradicen a las palabras
de Gotama. Esa es la causa que me hace desconfiar de los términos, pues sé que esta contradicción
es un engaño. Sé que estoy de acuerdo con Gotama. ¡Es imposible que el majestuoso no conozca el
amor! ¡El, que ha llegado a conocer todo lo humano en su carácter transitorio y vanidoso, y que a
pesar de ello amó tanto a los seres humanos! ¡El, que empleó toda su larga y penosa vida
únicamente para ayudarles, para enseñarles!
»También en Gotama, tu maestro, prefiero sus hechos antes que sus palabras. Sus actos y su
vida me parecen más importantes que sus oraciones, el gesto de su mano es más interesante que
sus opiniones. No veo su grandeza en el hablar, ni en el pensar, sino en sus obras y su existencia.
Durante mucho tiempo permanecieron callados los dos ancianos. Entonces Govinda dijo al
despedirse:
-Te agradezco, Siddharta, que me hayas comunicado tus pensamientos. Por un lado son
extraños, y no todos los entendí de primera intención. Pero sea como sea, te lo agradezco y deseo
que pases tus días en paz.
«Sin embargo -pensó para sus adentros-, este Siddharta es una persona extraña, habla de raras
teorías y su doctrina me suena a locura. La del majestuoso se ve más clara, distinta, pura,
comprensible; no contiene nada de rarezas, ni locuras o ridiculeces. Pero ya no me parecen tan
distintos al majestuoso, las manos y los pies de Siddharta, ni su frente, su aliento, su sonrisa, su
saludo, su manera de andar. Jamás nadie, después de que nuestro majestuoso buda entrara en el
nirvana me obligó a exclamar: ¡Este es un santo! Sólo ante Gotama, y ahora ante Siddharta.
Aunque su doctrina sea extraña y sus palabras suenen a locura, la mirada, la mano, la piel, el
cabello, todo él respira una pureza, una tranquilidad, una serenidad y clemencia y santidad que no
he visto en ningún otro hombre, después de la muerte de nuestro majestuoso profesor.»
Mientras Govinda pensaba así, en su corazón mantenía un conflicto, y de nuevo se sintió atraído
a Siddharta por amor. Se inclinó profundamente ante aquel hombre que se hallaba sentado, lleno de
serenidad.
-Siddharta -empezó-, hemos llegado a ser hombres viejos. Difícilmente en esta vida volveremos a
encontrarnos. Veo, amigo, que has hallado la paz. Yo te confieso que no la he conseguido. ¡Dime,
venerable, una palabra más! ¡Dame algo para el camino, algo que pueda entender y comprender!
Concédeme algo para ese camino. Frecuentemente mi marcha es difícil y sombría, Siddharta.
Siddharta no pronunció palabra; le miró con sonrisa tranquila, siempre igual. Govinda clavó su
vista fijamente en su rostro, con temor, con anhelo. Su mirada expresaba sufrimiento y una búsque-
da eterna y un eterno rastrear.
Siddharta le observó y sonrió.
- ¡ Acércate a mí! - susurró al oído de Govinda -. ¡ Acércate a mí! ¡Así, más cerca! ¡Muy cerca! Y