al servicio de la idea política su principal arma de lucha, que es el paro en la forma de huelga
general.
Mediante la organización de una prensa, cuyo contenido está adaptado al nivel espiritual de
los menos instruidos, el movimiento político sindicalista tiene finalmente en su mano una
institución inductora que predispone a las esferas sociales más bajas de la nación a cometer las
más temerarias acciones. Esta prensa no tiene por misión el propósito de sacar a los hombres del
fango de una baja pasión para situarlos en un plano superior, sino que por el contrario, procura
fomentar los más viles instintos de la masa.
Sobre todo esta prensa es la que, mediante una campaña de difamación rayana en el
fanatismo, denigra todo aquello que puede considerarse como el sostén de la autonomía nacional,
del nivel cultural y de la independencia económica de la nación. Fustiga con particular saña a todos
los espíritus fuertes que no quieren someterse a la arrogante hegemonía del judaísmo o a aquellos
que, por sus cualidades geniales, creen los judíos ver en ellos un peligro.
El desconocimiento que reina en el seno de las masas acerca de la verdadera índole del judío
y la falta de penetración instintiva de nuestras clases superiores, permiten que el pueblo sea presa
fácil de esa campaña de difamación judía.
Mientras las clases superiores, por cobardía innata, se apartan del hombre que resulta
víctima de las calumnias y difamaciones del judío, suele la gran masa del pueblo, por estulticia o
simplicidad mental, creer en estas calumnias.
Políticamente el judío acaba por sustituir la idea de la democracia por la de la dictadura del
proletariado. El ejemplo más terrible en ese orden, lo ofrece Rusia, donde el judío, con un
salvajismo realmente fanático, hizo perecer de hambre o bajo torturas feroces a treinta millones de
personas, con el solo fin de asegurar de este modo a una caterva de judíos, literatos y bandidos de
bolsa, la hegemonía sobre todo un pueblo.
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Analizando los orígenes del desastre alemán, resalta como causa principal y definitiva el
desconocimiento que se tuvo del problema racial y ante todo del problema judío.
Las derrotas sufridas en el campo de batalla en agosto de 1918 habrían sido muy fáciles de
sobrellevar, pues no estaban en relación con la magnitud de las victorias que nuestro pueblo había
alcanzado.
Toda derrota puede ser la madre de una futura victoria. Toda guerra perdida puede
convertirse en la causa de un resurgimiento ulterior; toda miseria puede ser el semillero de nuevas
energías humanas y toda opresión puede engendrar también las fuerzas impulsoras de un
renacimiento moral, más esto, sólo mientras la sangre se mantenga pura.
La pérdida de la pureza de la sangre destruye para siempre la felicidad interior; degrada al
hombre definitivamente y son fatales sus consecuencias físicas y morales.
Todo el aparente florecimiento del antiguo Imperio no podía disimular la decadencia moral
de éste y todo empeño aplicado a buscar un afianzamiento efectivo del Reich, debió fracasar ante el
caso omiso que se hacía del problema más importante. Por eso en agosto de 1914 no se lanzó a la
guerra un pueblo preparado para la lucha; la exaltación que se produjo fue solamente el último
destello del instinto de conservación nacional frente a la creciente atonía popular bajo la influencia
pacifista-marxista. Como tampoco en aquellos días trascendentales se supo definir al enemigo