33 Así dijo. El anciano sintió temor y obedeció el mandato. Fuese en silencio por la
orilla del estruendoso ma r; y, mientras se alejaba, dirigía muchos ruegos al soberano
lo, a quien parió Leto, la de hermosa cabellera:
¡Óyeme, tú que llevas arco de plata, proteges a Crisa y a la divina Cila, a imperas
en Ténedos poderosamente! ¡Oh Esminteo! Si alguna vez adorné tu gracioso templo o
quemé en tu honor pingües muslos de toros o de cabras, cúmpleme este voto: ¡Paguen los
dánaos mis lágrimas con tus flechas!
43 Así dijo rogando. Oyóle Febo Apolo e, irritado en su corazón, descendió de las
cumbres del Olimpo con el arco y el cerrado carcaj en los hombros; las saetas resonaron
bre la espalda del enojado dios, cuando comenzó a moverse. Iba parecido a la noche.
Sentóse lejos de las naves, tiró una flecha y el arco de plata dio un terrible chasquido. Al
principio el dios disparaba contra los mulos y los ágiles perros; mas luego dirigió sus
amargas saetas a los hombres, y continuamente ardían muchas piras de cadáveres.
53 Durante nueve días volaron por el ejército las flechas del dios. En el décimo,
Aquiles convocó al pueblo al ágora: se lo puso en el corazón Hera, la diosa de los níveos
brazos, que se interesaba por los dánaos, a quienes veía morir. Acudieron éstos y, una vez
reunidos, Aquiles, el de los pies ligeros, se levantó y dijo:
¡Atrida! Creo que tendremos que volver atrás, yendo otra vez errantes, si
escapamos de la muerte; pues, si no, la guerra y la peste unidas acabarán con los aqueos.
Mas, ea, consultemos a un adivino, sacerdote o intérprete de sueños -pues también el
sueño procede de Zeus-, pa ra que nos diga por qué se irritó tanto Febo Apolo: si está
quejoso con motivo de algún voto o hecatombe, y si quemando en su obsequio grasa de
deros y de cabras escogidas, querrá libramos de la peste.
68 Cuando así hubo hablado, se sentó. Levantóse entre ellos Calcante Testórida, el
mejor de los augures -conocía lo presente, lo futuro y lo pasado, y había guiado las naves
aqueas hasta Ilio por medio del arte adivinatoria que le die ra Febo Apolo-, y benévolo los
arengó diciendo:
¡Oh Aquiles, caro a Zeus! Mándasme explicar la cólera de Apolo, del dios que hiere
de lejos. Pues bien, hablaré; pero antes declara y jura que estás pronto a defenderme de
palabra y de obra, pues temo irritar a un varón que goza de gran poder entre los argivos
todos y es obedecido por los aqueos. Un rey es más poderoso que el inferior contra quien
se enoja; y, si bien en el mismo día refrena su ira, guarda lue go rencor hasta que logra
ejecutarlo en el pecho de aquél. Dime, pues, si me salvarás.
84 Y contestándole, Aquiles, el de los pies ligeros, le dijo:
Manifiesta, deponiendo todo temor, el vaticinio que sabes; pues ¡por Apolo, caro a
Zeus; a quien tú, Calcante, invocas siempre que revelas oráculos a los dánaos!, ninguno
de ellos pondrá en ti sus pesadas manos, cerca de las cóncavas naves, mientras yo viva y
vea la luz acá en la tierra, aunque hablares de Agamenón, que al presente se jacta de ser
en mucho el más poderoso de todos los aqueos.
92 Entonces cobró ánimo y dijo el eximio vate:
No está el dios quejoso con motivo de algún voto o hecatombe, sino a causa del
ultraje que Agamenón ha inferido al sacerdote, a quien no devolvió la hija ni admitió el
cate. Por esto el que hiere de lejos nos causó males y todavía nos causará otros. Y no
librará a los dánaos de la odiosa peste, hasta que sea restituida a su padre, sin premio ni
rescate, la joven de ojos vivos, y llevemos a Crisa una sagrada hecatombe. Cuando así le
hayamos aplacado, renacerá nuestra esperanza.
101 Dichas estas palabras, se sentó. Levantóse al punto el poderoso héroe Agamenón
Atrida, afligido, con las negras entrañas llenas de cólera y los ojos parecidos al
relumbrante fuego; y, encarando a Calcante la torva vista, exclamó: