luchas y peleas. Si es grande tu fuerza, un dios te la dio. Vete a la patria, llevándote las
naves y los compañeros, y reina sobre los mirmidones, no me importa que estés irritado,
ni por ello me preocupo, pero te haré una amenaza: Puesto que Febo Apolo me quita a
Criseide, la mandaré en mi nave con mis amigos; y encaminándome yo mismo a tu
tienda, me llevaré a Briseide, la de hermosas mejillas, tu recompensa, para que sepas bien
cuánto más poderoso soy y otro tema decir que es mi igual y compararse conmigo.
188 Así dijo. Acongojóse el Pelida, y dentro del velludo pecho su corazón discurrió dos
cosas: o, desnudando la aguda espada que llevaba junto al muslo, abrirse paso y matar al
Atrida, o calmar su cólera y reprimir su furor. Mientras tales pensamientos revolvía en su
mente y en su corazón y sacaba de la vaina la gran espada, vino Atenea del cielo: envióla
Hera, la diosa de los níveos brazos, que amaba cordialmente a entrambos y por ellos se
interesaba. Púsose detrás del Pelida y le tiró de la blonda cabellera, apareciéndose a él tan
lo; de los demás, ninguno la veía. Aquiles, sorprendido, volvióse y al instante conoció a
Palas Atenea, cuyos ojos centelleaban de un modo terrible. Y hablando con ella,
pronunció estas aladas palabras:
¿Por qué nuevamente, oh hija de Zeus, que lleva la égida, has venido? ¿Acaso para
presenciar el ultraje que me infiere Agamenón Atrida? Pues te diré lo que me figuro que
va a ocurrir: Por su insolencia perderá pronto la vida.
206 Díjole a su vez Atenea, la diosa de ojos de lechuza:
Vengo del cielo para apaciguar tu cólera, si obedecieres; y me envía Hera, la diosa
de los níveos brazos, que os ama cordialmente a entrambos y por vosotros se interesa. Ea,
cesa de disputar, no desenvaines la espada a injúrialo de palabra como te parezca. Lo que
ecir se cumplirá: Por este ultraje se te ofrecerán un día triples y espléndidos pre-
sentes. Domínate y obedécenos.
213 Y, contestándole, Aquiles, el de los pies ligeros, le dijo:
Preciso es, oh diosa, hacer lo que mandáis, aunque el corazón esté muy irritado.
Proceder así es lo mejor. Quien a los dioses obedece es por ellos muy atendido.
219 Dijo; y puesta la robusta mano en el argénteo puño, envainó la enorme espada y no
desobedeció la orden de Atenea. La diosa regresó al Olimpo, al palacio en que mora
Zeus, que lleva la égida, entre las demás deidades.
223 El Pelida, no amainando en su cólera, denostó nuevamente al Atrida con injuriosas
¡Ebrioso, que tienes ojos de perro y corazón de ciervo! Jamás te atreviste a tomar
las armas con la gente del pueblo para combatir, ni a ponerte en emboscada con los más
valientes aqueos: ambas cosas te parecen la muerte. Es, sin duda, mucho mejor arrebatar
los dones, en el vasto campamento de los aqueos, a quien te contradiga. Rey devorador de
lo, porque mandas a hombres abyectos...; en otro caso, Atrida, éste fuera tu último
ultraje. Otra cosa voy a decirte y sobre ella prestaré un gran juramento: Sí, por este cetro
que ya no producirá hojas ni ramos, pues dejó el tronco en la montaña; ni reverdecerá,
porque el bronce lo despojó de las hojas y de la corteza, y ahora lo empuñan los aqueos
que administran justicia y guardan las leyes de Zeus (grande será para ti este juramento):
algún día los aqueos todos echarán de menos a Aquiles, y tú, aunque te aflijas, no podrás
socorrerlos cuando muchos sucumban y perezcan a manos de Héctor, matador de
hombres. Entonces desgarrarás tu corazón, pesaroso por no haber honrado al mejor de los
245 Así dijo el Pelida; y, tirando a tierra el cetro tachonado con clavos de oro, tomó
asiento. El Atrida, en el opuesto lado, iba enfureciéndose. Pero levantóse Néstor, suave
en el hablar, elocuente orador de los pilios, de cuya boca las palabras fluían más dulces
que la miel -había visto perecer dos generaciones de hombres de voz articulada que