nacieron y se criaron con él en la divina Pilos y reinaba sobre la tercera-, y benévolo los
arengó diciendo:
¡Oh dioses! ¡Qué motivo de pesar tan grande le ha llegado a la tierra aquea!
Alegrananse Príamo y sus hijos, y regocijaríanse los demás troyanos en su corazón, si
oyeran las palabras con que disputáis vosotros, los primeros de los dánaos así en el
consejo como en el combate. Pero dejaos convencer, ya que ambos sois más jóvenes que
yo. En otro tiempo traté con hombres aún más esforzados que vosotros, y jamás me
desdeñaron. No he visto todavía ni veré hombres como Pirítoo, Driante, pastor de
pueblos, Ceneo, Exadio, Polifemo, igual a un dios, y Teseo Egeida, que parecía un in-
mortal. Criáronse éstos los más fuertes de los hombres; muy fuertes eran y con otros muy
fuertes combatieron: con los montaraces centauros, a quienes exterminaron de un modo
estupendo. Y yo estuve en su compañía -habiendo acudido desde Pilos, desde lejos, desde
esa apartada tierra, porque ellos mismos me llamaron- y combatí según mis fuerzas. Con
tales hombres no pelearía ninguno de los mortales que hoy pueblan la tierra; no obstante
lo cual, seguían mis consejos y escuchaban mis palabras. Prestadme también vosotros
obediencia, que es lo mejor que podéis hacer. Ni tú, aunque seas valiente, le quites la
joven, sino déjasela, puesto que se la dieron en recompensa los magnánimos aqueos; ni
tú, Pelida, quieras altercar de igual a igual con el rey, pues jamás obtuvo honra como la
suya ningún otro soberano que usara cetro y a quien Zeus diera gloria. Si tú eres más
zado, es porque una diosa te dio a luz; pero éste es más poderoso, porque reina sobre
mayor número de hombres. Atrida, apacigua tu cólera; yo te suplico que depongas la ira
ntra Aquiles, que es para todos los aqueos un fuerte antemural en el pernicioso
combate.
285 Y, contestándole, el rey Agamenón le dijo:
Sí, anciano, oportuno es cuanto acabas de decir. Pero este hombre quiere
sobreponerse a todos los demás; a todos quiere dominar, a todos gobernar, a todos dar
órdenes que alguien, creo, se negará a obedecer. Si los sempiternos dioses le hicieron
belicoso, ¿le permiten por esto proferir injurias?
292 Interrumpiéndole, exclamó el divino Aquiles:
Cobarde y vil podría llamárseme si cediera en todo lo que dices; manda a otros, no
me des órdenes, pues yo no pienso ya obedecerte. Otra cosa te diré que fijarás en la
memoria: No he de combatir con estas manos por la joven ni contigo, ni con otro alguno,
pues al fin me quitáis lo que me disteis; pero, de lo demás que tengo junto a mi negra y
veloz embarcación, nada podrías llevarte tomándolo contra mi voluntad. Y si no, ea,
inténtalo, para que éstos se enteren también; y presto tu negruzca sangre brotará en torno
nza.
304 Después de altercar así con encontradas razones, se levantaron y disolvieron el
ágora que cerca de las naves aque as se celebraba. Fuese el Pelida hacia sus tiendas y sus
bien proporcionados bajeles con el Menecíada y otros amigos; y el Atrida echó al mar
una velera nave, escogió veinte remeros, cargó las víctimas de la hecatombe para el dios,
duciendo a Criseide, la de hermosas mejillas, la embarcó también; fue capitán el
ingenioso Ulises.
312 Así que se hubieron embarcado, empezaron a na vegar por líquidos caminos. El
Atrida mandó que los hombres se purificaran, y ellos hicieron lustraciones, echando al
mar las impurezas, y sacrificaron junto a la orilla del estéril mar hecatombes perfectas de
toros y de cabras en honor de Apolo. El vapor de la grasa llegaba al cielo, enroscándose
alrededor del humo.