318 En tales cosas ocupábanse éstos en el ejército. Agamenón no olvidó la amenaza
que en la contienda había hecho a Aquiles, y dijo a Taltibio y Euríbates, sus heraldos y
gentes servidores:
Id a la tienda del Pelida Aquiles, y asiendo de la mano a Briseide, la de hermosas
mejillas, traedla acá, y, si no os la diere, ire yo mismo a quitársela, con más gente, y
todavía le será más duro.
326 Hablándoles de tal suerte y con altaneras voces, los despidió. Contra su voluntad
fuéronse los heraldos por la orilla del estéril mar, llegaron a las tiendas y naves de los
dones, y hallaron al rey cerca de su tienda y de su negra nave. Aquiles, al verlos, no
se alegró. Ellos se turbaron, y, habiendo hecho una reverencia, paráronse sin decir ni
preguntar nada. Pero el héroe lo comprendió todo y dijo:
¡Salud, heraldos, mensajeros de Zeus y de los hombres! Acercaos; pues para mí no
sois vosotros los culpables sino Agamenón, que os envía por la joven Briseide. ¡Ea, Pa-
troclo, del linaje de Zeus! Saca la joven y entrégasela para que se la lleven. Sed ambos
testigos ante los bienaventurados dioses, ante los mortales hombres y ante ese rey cruel,
si alguna vez tienen los demás necesidad de mí para librarse de funestas calamidades
porque él tiene el corazón poseído de furor y no sabe pensar a la vez en lo futuro y en lo
pasado, a fin de que los aqueos se salven combatiendo junto a las naves.
345 Así dijo. Patroclo, obedeciendo a su amigo, sacó de la tienda a Briseide, la de
hermosas mejillas, y la entregó para que se la llevaran. Partieron los heraldos hacia las
naves aqueas, y la mujer iba con ellos de mala gana. Aquiles rompió en llanto, alejóse de
los compañeros, y, sentándose a orillas del blanquecino mar con los ojos clavados en el
ponto inmenso y las manos extendidas, dirigió a su madre muchos ruegos:
¡Madre! Ya que me pariste de corta vida, el olímpico Zeus altitonante debía
honrarme y no lo hace en modo alguno. El poderoso Agamenón Atrida me ha ultrajado,
pues tiene mi recompensa, que él mismo me arrebató.
357 Así dijo derramando lágrimas. Oyóle la veneranda madre desde el fondo del mar,
donde se hallaba junto al padre anciano, a inmediatamente emergió de las blanquecinas
como niebla, sentóse delante de aquél, que derramaba lágrimas, acariciólo con la
mano y le habló de esta manera:
¡Hijo! ¿Por qué lloras? ¿Qué pesar te ha llegado al alma? Habla; no me ocultes lo
que piensas, para que ambos lo sepamos.
364 Dando profundos suspiros, contestó Aquiles, el de los pies ligeros:
Lo sabes. ¿A qué referirte lo que ya conoces? Fuimos a Teba, la sagrada ciudad de
Eetión; la saqueamos, y el botín que trajimos se lo distribuyeron equitativamente los
aqueos, separando para el Atrida a Criseide, la de hermosas mejillas. Luego Crises,
sacerdote de Apolo, el que hiere de lejos, deseando redimir a su hija, se presentó en las
veleras naves aqueas con un inmenso rescate y las ínfulas de Apolo, el que hiere de lejos,
que pendían de áureo cetro, en la mano; y suplicó a todos los aqueos, y particularmente a
los dos Atridas, caudillos de pueblos. Todos los aqueos aprobaron a voces que se
respetase al sacerdote y se admitiera el espléndido rescate; mas el Atrida Agamenón, a
quien no plugo el acuerdo, to despidió de mal modo y con altaneras voces. El anciano se
fue irritado; y Apolo, accediendo a sus ruegos, pues le era muy querido, tiró a los argivos
funesta saeta: morían los hombres unos en pos de otros, y las flechas del dios volaban por
todas partes en el vasto campamento de los aqueos. Un adivino bien enterado nos explicó
el vaticinio del que hiere de lejos, y yo fui el primero en aconsejar que se aplacara al dios.
El Atrida encendióse en ira; y, levantándose, me dirigió una amenaza que ya se ha
cumplido. A aquélla los aqueos de ojos vivos la conducen a Crisa en velera nave con
presentes para el dios; y a la hija de Briseo, que los aqueos me dieron, unos heraldos se la