han llevado ahora mismo de mi tienda. Tú, si puedes, socorre a tu buen hijo; ve al Olimpo
y ruega a Zeus, si alguna vez llevaste consuelo a su corazón con palabras o con obras.
Muchas veces, hallándonos en el palacio de mi padre, oí que te gloriabas de haber
evitado, tú sola entre los inmortales, una afrentosa desgracia al Cronida, el de las
sombrías pubes, cuando quisieron atarlo otros dioses olímpicos, Hera, Posidón y Palas
Atenea. Tú, oh diosa, acudiste y lo libraste de las ataduras, llamando en seguida al
espacioso Olimpo al centímano a quien los dioses nombran Briareo y todos los hombres
Egeón, el cual es superior en fuerza a su mismo padre, y se sentó entonces al lado de
Zeus, ufano de su gloria; temiéronlo los bienaventurados dioses y desistieron del
atamiento. Recuérdaselo, siéntate a su lado y abraza sus rodillas: quizás decida favorecer
a los troyanos y acorralar a los aqueos, que serán muertos entre las popas, cerca del mar;
para que todos disfruten de su rey y comprenda el poderoso Agamenón Atrida la falta que
ha cometido no honrando al mejor de los aqueos.
413 Respondióle en seguida Tetis, derramando lágrimas:
¡Ay, hijo mío! ¿Por qué te he criado, si en hora aciaga te di a luz? ¡Ojalá
estuvieras en las naves sin llanto ni pena, ya que tu vida ha de ser corta, de no larga
duración! Ahora eres juntamente de breve vida y el más infortunado de todos. Con hado
funesto te parí en el palacio. Yo misma iré al nevado Olimpo y hablaré a Zeus, que se
complace en lanzar rayos, por si se deja convencer. Tú quédate en las naves de ligero
andar, conserva la cólera contra los aqueos y abstente por entero de combatir. Ayer se
marchó Zeus al Océano, al país de los probos etíopes, para asistir a un banquete, y todos
ses lo siguieron. De aquí a doce días volverá al Olimpo. Entonces acudiré a la
morada de Zeus, sustentada en bronce; le abrazaré las rodillas, y espero que lograré
persuadirlo.
428 Dichas estas palabras partió, dejando a Aquiles con el corazón irritado a causa de la
mujer de bella cintura que violentamente y contra su voluntad le habían arrebatado.
30 En tanto, Ulises llegaba a Crisa con las víctimas para la sagrada hecatombe.
Cuando arribaron al profundo puerto, amainaron las velas, guardándolas en la negra nave;
ron rápidamente por medio de cuerdas el mástil hasta la crujía, y llevaron la nave, a
fuerza de remos, al fondeadero. Echaron anclas y ataron las amarras, saltaron a la playa,
sembarcaron las víctimas de la hecatombe para Apolo, el que hiere de lejos, y Criseide
salió de la nave surcadora del ponto. El ingenioso Ulises llevó la doncella al altar y,
poniéndola en manos de su padre, dijo:
¡Oh Crises! Envíame al rey de hombres, Agamenón, a traerte la hija y ofrecer en
favor de los dánaos una sagrada hecatombe a Febo, para que aplaquemos a este dios que
tan deplorables males ha causado a los argivos.
446 Habiendo hablado así, puso en sus manos la hija amada, que aquél recibió con
alegría. Acto continuo, ordenaron la sagrada hecatombe en torno del bien construido
váronse las manos y tomaron la mola. Y Crises oró en alta voz y con las manos
levantadas:
¡Óyeme, tú que llevas arco de plata, proteges a Crisa y a la divina Cila a imperas
en Ténedos poderosamente! Me escuchaste cuando te supliqué, y, para honrarme, opri-
miste duramente al ejército aqueo; pues ahora cúmpleme este voto: ¡Aleja ya de los
dánaos la abominable peste!
457 Así dijo rogando, y Febo Apolo lo oyó. Hecha la rogativa y esparcida la mola,
cogieron las víctimas por la cabeza, que tiraron hacia atrás, y las degollaron y desollaron;
guida cortaron los muslos, y, después de pringarlos con gordura por uno y otro lado
y de cubrirlos con trozos de carne, el anciano los puso sobre la leña encendida y los roció
de vino tinto. Cerca de él, unos jóvenes tenían en las manos asadores de cinco puntas.