en su ayuda hombres de muchas ciudades, que saben blandir la lanza, me apartan de mi
intento y no me permiten, como quisiera, tomar la populosa ciudad de Ilio. Nueve años
del gran Zeus transcurrieron ya; los maderos de las naves se han podrido y las cuerdas es-
tán deshechas; nuestras esposas a hijitos nos aguardan en los palacios; y aún no hemos
dado cima a la empresa para la cual vinimos. Ea, procedamos todos como voy a decir:
Huyamos en las naves a nuestra patria tierra, pues ya no tomaremos Troya, la de anchas
142 Así dijo; y a todos los que no habían asistido al consejo se les conmovió el corazón
en el pecho. Agitóse el ágora como las grandes olas que en el mar Icario levantan el Euro
y el Noto cayendo impetuosos de las nubes amontonadas por el padre Zeus. Como el
Céfiro mueve con violento soplo un crecido trigal y se cierne sobre las espigas, de igual
manera se movió toda el ágora. Con gran gritería y levantando nubes de polvo, corren
hacia los bajeles; exhórtanse a tirar de ellos para echarlos al mar divino; limpian los ca-
nales; quitan los soportes, y el vocerío de los que se disponen a volver a la patria llega
hasta el cielo.
155 Y efectuárase entonces, antes de lo dispuesto por el destino, el regreso de los
argivos, si Hera no hubiese dicho a Atenea:
¡Oh dioses! ¡Hija de Zeus, que lleva la égida! ¡Indómita! ¿Huirán los argivos a sus
casas, a su patria tierra por el ancho dorso del mar, y dejarán como trofeo a Príamo y a
los troyanos la argiva Helena, por la cual tantos aqueos perecieron en Troya, lejos de su
patria? Ve en seguida al ejército de los aqueos de broncíneas corazas, detén con suaves
palabras a cada guerrero y no permitas que echen al mar los corvos bajeles.
166 Así habló. Atenea, la diosa de ojos de lechuza, no fue desobediente. Bajando en
raudo vuelo de las cumbres del Olimpo llegó presto a las veloces naves aqueas y halló a
ses, igual a Zeus en prudencia, que permanecía inmóvil y sin tocar la negra nave de
muchos bancos, porque el pesar le llegaba al corazón y al alma. Y poniéndose a su lado,
díjole Atenea, la de ojos de lechuza:
¡Laertíada, del linaje de Zeus! ¡Ulises, fecundo en ardides! ¿Así, pues, huiréis a
vuestras casas, a la patria tierra, embarcados en las naves de muchos bancos, y dejaréis
como trofeo a Príamo y a los troyanos la argiva Helena, por la cual tantos aqueos
perecieron en Troya, lejos de su patria? Ve en seguida al ejército de los aqueos y no
cejes: detén con suaves palabras a cada guerrero y no permitas que echen al mar los
corvos bajeles.
182 Así dijo. Ulises conoció la voz de la diosa en cuanto le habló; tiró el manto, que
recogió el heraldo Euríbates de Ítaca, que lo acompañaba; corrió hacia el Atrida
Agamenón, para que le diera el imperecedero cetro paterno; y, con éste en la mano,
enderezó a las naves de los aqueos, de broncíneas corazas.
188 Cuando encontraba a un rey o a un capitán eximio, parábase y lo detenía con
suaves palabras.
¡Ilustre! No es digno de ti temblar como un cobarde. Deténte y haz que los demás
se detengan también. Aún no conoces claramente la intención del Atrida: ahora nos
prueba, y pronto castigará a los aqueos. En el consejo no todos comprendimos lo que
dijo. No sea que, irritándose, maltrate a los aqueos; la cólera de los reyes, alumnos de
Zeus, es terrible, porque su dignidad procede del próvido Zeus y éste los ama.
198 Cuando encontraba a un hombre del pueblo gritando, dábale con el cetro y lo
increpaba de esta manera:
¡Desdichado! Estáte quieto y escucha a los que te aventajan en bravura; tú, débil a
inepto para la guerra, no eres estimado ni en el combate ni en el consejo. Aquí no todos
los aqueos podemos ser reyes; no es un bien la soberanía de muchos; uno solo sea