príncipe, uno solo rey: aquél a quien el hijo del artero Crono ha dado cetro y leyes para
ne sobre nosotros.
Así Ulises, actuando como supremo jefe, imponía su voluntad al ejército; y ellos
se apresuraban a volver de las tiendas y naves al ágora, con gran vocerío, como cuando el
oleaje del estruendoso mar brama en la playa anchurosa y el ponto resuena.
211 Todos se sentaron y permanecieron quietos en su sitio, a excepción de Tersites,
que, sin poner freno a la lengua, alborotaba. Ése sabía muchas palabras groseras para
disputar temerariamente, no de un modo decoroso, con los reyes, y lo que a él le
pareciera hacerlo ridículo para los argivos. Fue el hombre más feo que llegó a Troya,
pues era bizco y cojo de un pie; sus hombros corcovados se contraían sobre el pecho, y
tenía la cabeza puntiaguda y cubierta por rala cabellera. Aborrecíanlo de un modo
especial Aquiles y Ulises, a quienes zahería; y entonces, dando estridentes voces, decía
oprobios al divino Agamenón. Y por más que los aqueos se indignaban a irritaban mucho
contra él, seguía increpándolo a voz en grito:
¡Atrida! ¿De qué te quejas o de qué careces? Tus tiendas están repletas de bronce
y en ellas tienes muchas y escogidas mujeres que los aqueos te ofrecemos antes que a
nadie cuando tomamos alguna ciudad. ¿Necesitas, acaso, el oro que alguno de los
troyanos, domadores de caballos, te traiga de Ilio para redimir al hijo que yo a otro aqueo
haya hecho prisionero? ¿O, por ventura, una joven con quien te junte el amor y que tú
solo poseas? No es justo que, siendo el caudillo, ocasiones tantos males a los aqueos. ¡Oh
des, hombres sin dignidad, aqueas más bien que aqueos! Volvamos en las naves a la
patria y dejémoslo aquí, en Troya, para que devore el botín y sepa si le sirve o no nuestra
da; ya que ha ofendido a Aquiles, varón muy superior, arrebatándole la recompensa
que todavía retiene. Poca cólera siente Aquiles en su pecho y es grande su indolencia; si
no fuera así, Atrida, éste sería tu último ultraje.
243 Tales palabras dijo Tersites, zahiriendo a Agamenón, pastor de hombres. En
seguida el divino Ulises se detuvo a su lado; y mirándolo con torva faz, lo increpó
duramente:
¡Tersites parlero! Aunque seas orador facundo, calla y no quieras tú solo disputar
con los reyes. No creo que haya un hombre peor que tú entre cuantos han venido a Ilio
con los Atridas. Por tanto, no tomes en boca a los reyes, ni los injuries, ni pienses en el
regreso. No sabemos aún con cer teza cómo esto acabará y si la vuelta de los aqueos será
liz o desgraciada. Mas tú denuestas al Atrida Agamenón, porque los héroes dánaos le
dan muchas cosas; por esto lo zahieres. Lo que voy a decir se cumplirá: Si vuelvo a en-
contrarte delirando como ahora, no conserve Ulises la cabeza sobre los hombros, ni sea
llamado padre de Telémaco, si no te echo mano, te despojo del vestido (el manto y la tú-
nica que cubren tus partes verendas) y te envío lloroso del ágora a las veleras naves
después de castigarte con afrentosos azotes.
265 Así, pues, dijo, y con el cetro diole un golpe en la espalda y los hombros. Tersites
se encorvó, mientras una gruesa lágrima caía de sus ojos y un cruento cardenal aparecía
en su espalda debajo del áureo cetro. Sentóse, turbado y dolorido; miró a todos con aire
de simple, y se enjugó las lágrimas. Ellos, aunque afligidos, rieron con gusto y no faltó
quien dijera a su vecino:
¡Oh dioses! Muchas cosas buenas hizo Ulises, ya dando consejos saludables, ya
preparando la guerra; pero esto es lo mejor que ha ejecutado entre los argivos: hacer
callar al insolente charlatán, cuyo ánimo osado no lo impulsará en lo sucesivo a zaherir
con injuriosas palabras a los reyes.
Así hablaba la multitud. Levantóse Ulises, asolador de ciudades, con el cetro en la
mano (Atenea, la de ojos de lechuza, que, transfigurada en heraldo, junto a él estaba, im-