puso silencio para que todos los aqueos, desde los primeros hasta los últimos, oyeran su
discurso y meditaran sus consejos), y benévolo los arengó diciendo:
¡Atrida! Los aqueos, oh rey, quieren cubrirte de baldón ante todos los mortales de
voz articulada y no cumplen lo que te prometieron al venir de Argos, criador de caballos:
que no te irías sin destruir la bien murada Ilio. Cual si fuesen niños o viudas, se lamentan
unos con otros y desean regresar a su casa. Y es, en verdad, penoso que hayamos de vol-
ver afligidos. Cierto que cualquiera se impacienta al mes de estar separado de su mujer,
cuando ve detenida su nave de muchos bancos por las borrascas invernales y el mar
tado; y nosotros hace ya nueve años, con el presence, que aquí permanecemos. No
me enojo, pues, porque los aqueos se impacienten junto a las cóncavas naves; pero sería
bochornoso haber estado aquí tanto tiempo y volvernos sin conseguir nuestro propósito.
Tened paciencia, amigos, y aguardad un poco más, para que sepamos si fue verídica la
predicción de Calcante. Bien grabada la tenemos en la memoria, y todos vosotros, los que
no habéis sido arrebatados día tras día por las parcas de la muerte, sois testigos de lo que
ocurrió en Áulide cuando se reunieron las naves aqueas que cantos males habían de traer
a Príamo y a los troyanos. En sacros altares inmolábamos hecatombes perfectas a los
inmortales, junto a una fuente y a la sombra de un hermoso plátano a cuyo pie manaba
agua cristalina. Allí se nos ofreció un gran portento. Un horrible dragón de roja espalda,
que el mismo Olímpico sacara a la luz, saltó de debajo del altar al plátano. En la rama
cimera de éste hallábanse los hijuelos recién nacidos de un ave, que medrosos se
acurrucaban debajo de las hojas; eran ocho, y, con la madre que los parió, nueve. El
dragón devoró a los pajarillos, que piaban lastimeramente; la madre revoleaba en torno de
sus hijos quejándose, y aquél volvióse y la cogió por el ala, mientras ella chillaba.
Después que el dragón se hubo comido al ave y a los polluelos, el dios que lo había
mostrado obró en él un prodigio: el hijo del artero Crono transformólo en piedra, y
nosotros, inmóviles, admirábamos lo que ocurría. De este modo, las grandes y
portentosas acciones de los dioses interrumpieron las hecatombes. Y en seguida Calcante,
vaticinando, exclamó: «¿Por qué enmudecéis, melenudos aqueos? El próvido Zeus es
quien nos muestra ese prodigio grande, tardío, de lejano cumplimiento, pero cuya gloria
jamás perecerá. Como el dragón devoró a los polluelos del ave y al ave misma, los cuales
eran ocho, y, con la madre que los dio a luz, nueve, así nosotros combatiremos allí igual
número de años, y al décimo tomaremos la ciudad de anchas calles.» Tal fue lo que dijo y
todo se va cumpliendo. ¡Ea, aqueos de hermosas grebas, quedaos todos hasta que
tomemos la gran ciudad de Príamo!
333 Así habló. Los argivos, con agudos gritos que hacían retumbar horriblemente las
naves, aplaudieron el discurso del divino Ulises. Y Néstor, caballero gerenio, los arengó
ciendo:
¡Oh dioses! Habláis como niños chiquitos que no están ejercitados en los bélicos
trabajos. ¿Qué es de nuestros convenios y juramentos? ¿Se fueron, pues, en humo los
sejos, los afanes de los guerreros, los pactos consagrados con libaciones de vino puro
y los apretones de manos en que confiábamos? Nos entretenemos en contender con
palabras y sin motivo, y en tan largo espacio no hemos podido encontrar un medio eficaz
para conseguir nuestro intento. ¡Atrida! Tú, como siempre, manda con firme decisión a
los argivos en el duro combate y deja que se consuman uno o dos que en discordancia
con los demás aqueos desean, aunque no lograran su propósito, regresar a Argos antes de
ber si fue o no falsa la promesa de Zeus, que lleva la égida. Pues yo os aseguro que el
prepotente Cronida nos prestó su asentimiento, relampagueando por el diestro lado y
donos favorables señales, el día en que los argivos se embarcaron en las naves de
ligero andar para traer a los troyanos la muerte y el destino. Nadie, pues, se dé prisa por