volver a su casa, hasta haber dormido con la esposa de un troyano y haber vengado la
huida y los gemidos de Helena. Y si alguno tanto anhelare el regreso, toque la negra nave
de muchos bancos para que delante de todos sea muerto y cumpla su destino. ¡Oh rey! No
dejes de pensar tú mismo y sigue también los consejos que nosotros lo damos. No es des-
preciable lo que voy a decirte: Agrupa a los hombres, oh Agamenón, por tribus y
familias, para que una tribu ayude a otra tribu y una familia a otra familia. Si así lo
hicieres y lo obedecieren los aqueos, sabrás pronto cuáles jefes y soldados son cobardes y
cuáles valerosos, pues pelearán distintamente; y conocerás si no puedes tomar la ciudad
por la voluntad de los dioses o por la cobardía de tus hombres y su impericia en la guerra.
369 Y, respondiéndole, el rey Agamenón le dijo:
De nuevo, oh anciano, superas en el ágora a los aqueos todos. Ojalá, ¡padre Zeus,
Atenea, Apolo!, tuviera yo entre los aqueos diez consejeros semejantes; entonces la
ciudad del rey Príamo sería pronto tomada y destruida por nuestras manos. Pero Zeus
Cronida, que lleva la égida, me envía penas, enredándome en inútiles disputas y riñas.
Aquiles y yo peleamos con encontradas razones por una joven, y fui el primero en
irritarme; si ambos procediéramos de acuerdo, no se diferiría ni un solo momento la ruina
de los troyanos. Ahora, id a comer para que luego trabemos el combate; cada uno afile la
lanza, prepare el escudo, dé el pasto a los corceles de pies ligeros a inspeccione el carro,
apercibiéndose para la lucha; pues durante todo el día nos pondrá a prueba el horrendo
Ares. Ni un breve descanso ha de haber siquiera, hasta que la noche obligue a los
valientes guerreros a separarse. La correa del escudo que al combatiente cubre, sudará en
no del pecho; el brazo se fatigará con el manejo de la lanza, y también sudarán los
corceles arrastrando los pulimentados carros. Y aquél que se quede voluntariamente en
las corvas naves, lejos de la batalla, como yo lo vea, no se librará de los perros y de las
aves de rapiña.
394 Así dijo. Los argivos promovían gran clamoreo, como cuando las olas, movidas
por el Noto, baten un elevado risco que se adelanta sobre el mar y no to dejan mientras
soplan los vientos en contrarias direcciones. Luego, levantándose, se dispersaron por las
naves, encendieron lumbre en las tiendas, tomaron la comida y ofrecieron sacrificios,
quiénes a uno, quiénes a otro de los sempiternos dioses, para que los libra sen de la muerte
y del fatigoso trabajo de Ares. Agamenón, rey de hombres, inmoló un pingüe buey de
cinco años al prepotente Cronión, habiendo llamado a su tienda a los principales caudillos
de los aqueos todos: primeramente a Néstor y al rey Idomeneo, luego a entrambos
Ayantes y al hijo de Tideo, y en sexto lugar a Ulises, igual a Zeus en prudencia. Es-
pontáneamente se presentó Menelao, valiente en la pelea, porque sabía lo que su hermano
estaba preparando. Colocaronse todos alrededor del buey y tomaron la mola. Y puesto en
medio, el poderoso Agamenón oró diciendo:
¡Zeus gloriosísimo, máximo, que amontonas las sombrías nubes y vives en el éter!
¡No se ponga el sol ni sobrevenga la obscuridad antes que yo destruya el palacio de
Príamo, entregándolo a las llamas; pegue voraz fuego a las puertas; rompa con mi lanza
la coraza de Héctor en su mismo pecho, y vea a muchos de sus compañeros caídos de
cara en el polvo y mordiendo la tierra!
419 Dijo; pero el Cronión no accedió y, aceptando los sacrificios, preparóles no
envidiable labor. Hecha la rogativa y esparcida la mola, cogieron las víctimas por la
cabeza, que tiraron hacia atrás, y las degollaron y desollaron; cortaron los muslos, y
después de pringarlos con gordura por uno y otro lado y de cubrirlos con trozos de carne,
los quemaron con leña sin hojas; y atravesando las entrañas con los asadores, las pusieron
al fuego. Quemados los muslos, probaron las entrañas; y dividiendo to restante en
pedazos muy pequeños, atravesáronlo con pinchos, to asaron cuidadosamente y lo re-