tiraron del fuego. Terminada la faena y dispuesto el festín, comieron y nadie careció de
su respectiva porción. Y cuando hubieron satisfecho el deseo de beber y de comer, Nés -
tor, el caballero gerenio, comenzó a decirles:
¡Atrida gloriosísimo, rey de hombres, Agamenón! No nos entretengamos en hablar,
ni difiramos por más tiempo la empresa que un dios pone en nuestras manos. Mas, ea, los
heraldos de los aqueos, de broncíneas corazas, pregonen que el ejército se reúna cerca de
los bajeles, y nosotros recorramos juntos el espacioso campamento para promover cuanto
s un vivo combate.
441 Así dijo; y Agamenón, rey de hombres, no desobedeció. Al momento dispuso que
los heraldos de voz sonora llamaran al combate a los melenudos aqueos; hízose el
pregón, y ellos se reunieron prontamente. El Atrida y los reyes, alumnos de Zeus, hacían
formar a los guerreros, y los acompañaba Atenea, la de ojos de lechuza, llevando la
preciosa inmortal égida que no envejece y de la cual cuelgan cien áureos borlones, bien
labrados y del valor de cien bueyes cada uno. Con ella en la mano, movíase la diosa entre
los aqueos, instigábalos a salir al campo y ponía fortaleza en sus corazones para que
pelearan y combatieran sin descanso. Pronto les fue más agradable el combate, que
volver a la patria tierra en las cóncavas naves.
455 Cual se columbra desde lejos el resplandor de un incendio, cuando el voraz fuego
se propaga por vasta selva en la cumbre de un monte, así el brillo de las broncíneas arma-
duras de los que se ponían en marcha llegaba al cielo a través del éter.
459 De la suerte que las alígeras aves -gansos, grullas o cisnes cuellilargos- se posan en
numerosas bandadas y chillando en la pradera Asia, cerca de la corriente del Caístro,
vuelan acá y allá ufanas de sus alas, y el campo resuena; de esta manera las numerosas
huestes afluían de las naves y tiendas a la llanura escamandria y la tierra retumbaba
mente bajo los pies de los guerreros y de los caballos. Y los que en el florido
prado del Escamandrio llegaron a juntarse fueron innumerables; tantos, cuantas son las
hojas y Bores que en la primavera nacen.
469 Como enjambres copiosos de moscas que en la primaveral estación vuelan
agrupadas por el establo del pastor, cuando la leche llena los tarros, en tan gran número
ronse en la llanura los melenudos aqueos, deseosos de acabar con los troyanos.
474 Poníanlos los caudillos en orden de batalla fácilmente, como los pastores separan
las cabras de grandes rebaños cuando se mezclan en el pasto; y en medio aparecía el po-
deroso Agamenón, semejante en la cabeza y en los ojos a Zeus, que se goza en lanzar
rayos, en el cinturón, a Ares, y en el pecho, a Posidón. Como en el hato el macho vacuno
más excelente es el toro, que sobresale entre las vacas reunidas, de igual manera hizo
Zeus que Agamenón fuera aquel día insigne y eximio entre muchos héroes.
484 Decidme ahora, Musas que poseéis olímpicos palacios y como diosas lo presenciáis
y conocéis todo, mientras que nosotros oímos tan sólo la fama y nada cierto sabemos,
les eran los caudillos y príncipes de los dánaos. A la muchedumbre no podría
enumerarla ni nombrarla, aunque tuviera diez lenguas, diez bocas, voz infatigable y
corazón de bronce: sólo las Musas olímpicas, hijas de Zeus, que lleva la égida, podrían
decir cuántos a Ilio fueron. Pero mencionaré los caudillos y las naves todas.
494 Mandaban a los beocios Penéleo, Leito, Arcesilao, Protoenor y Clonio. Los que
cultivaban los campos de Hiria, Áulide pétrea, Esqueno, Escolo, Eteono fragosa, Tespía,
Grea y la vasta Micaleso, los que moraban en Harma, Ilesio y Eritras; los que residían en
Eleón, Hila, Peteón, Ocálea, Medeón, ciudad bien construida, Copas, Eutresis y Tisbe,
abundante en palomas; los que habítaban en Coronea, Haliarto herbosa, Platea y Glisante;
los que poseían la bien edificada ciudad de Hipotebas, la sacra Onquesto, delicioso
bosque de Posidón, y las ciudades de Arne, abundante en uvas, Midea, Nisa divina y