876 Sarpedón y el eximio Glauco mandaban a los licios, que procedían de la remota
, de la ribera del voraginoso Janto.
CANTO III
*
Juramentos- Contemplando desde la muralla –
Combate singular de Alejandro y Menelao
* La primera se interrumpe para que se verifique el combate singular de Alejandro y Menelao, que no
produce ningún resultado, pues, cuando aquél va a ser vencido, lo arrebata por los aires su madre la diosa
Afrodita y lo lleva al lado de Helena.
1 Puestos en orden de batalla con sus respectivos jefes, los troyanos avanzaban
chillando y gritando como aves -así profieren sus voces las grullas en el cielo, cuando,
para huir del frío y de las lluvias torrenciales, vuelan gruyendo sobre la corriente del
Océano y llevan la ruina y la muerte a los pigmeos, moviéndolos desde el aire cruda
y los aqueos marchaban silenciosos, respirando valor y dispuestos a ayudarse
mutuamente.
10 Así como el Noto derrama en las cumbres de un monte la niebla tan poco grata al
pastor y más favorable que la noche para el ladrón, y sólo se ve el espacio a que alcanza
una pedrada; así también, una densa polvareda se levantaba bajo los pies de los que se
ponían en marcha y atravesaban con gran presteza la llanura.
15 Cuando ambos ejércitos se hubieron acercado el uno al otro, apareció en la primera
fila de los troyanos Alejandro, semejante a un dios, con una piel de leopardo en los hom-
bros, el corvo arco y la espada; y, blandiendo dos lanzas de broncínea punta, desafiaba a
los más valientes argivos a que con él sostuvieran terrible combate.
21 Menelao, caro a Ares, violo venir con arrogante paso al frente de la tropa, y, como el
león hambriento que ha encontrado un gran cuerpo de cornígero ciervo o de cabra
montés, se alegra y tl devora, aunque o persigan ágiles perros y robustos mozos; así
Menelao se holgó de ver con sus propios ojos al deiforme Alejandro -figuróse que podría
gar al culpable- y al momento saltó del carro al suelo sin dejar las armas.
30 Pero el deiforme Alejandro, apenas distinguió a Menelao entre los combatientes
delanteros, sintió que se le cubría el corazón, y, para librarse de la muerte, retrocedió al
grupo de sus amigos. Como el que descubre un dragón en la espesura de un monte, se
echa con prontitud hacia atrás, tiémblanle las carnes y se aleja con la palidez pintada en
sus mejillas; así el deiforme Alejandro, temiendo al hijo de Atreo, desapareció en la turba
de los altivos troyanos.
38 Advirtiólo Héctor y lo reprendió con injuriosas palabras:
¡Miserable Paris, el de más hermosa figura, mujeriego, seductor! Ojalá no te
contaras en el número de los nacidos o hubieses muerto célibe. Yo así lo quisiera y te
valdría más que ser la vergüenza y el oprobio de los tuyos. Los melenudos aqueos se ríen
de haberte considerado como un bravo campeón por tu gallarda figura, cuando no hay en
tu pecho ni fuerza ni valor. Y siendo cual eres, ¿reuniste a tus amigos, surcaste los mares
en ligeros buques, visitaste a extranjeros y trajiste de remota tierra una mujer linda,
esposa y cuñada de hombres belicosos, que es una gran plaga para tu padre, la ciudad y el
pueblo todo, y causa de gozo para los enemigos y de confusión para ti mismo? ¿No
esperas a Menelao, caro a Ares? Conocerías de qué varón tienes la floreciente esposa, y
no te valdrían la cítara, los dones de Afrodita, la cabellera y la hermosura, cuando rodaras
l polvo. Los troyanos son muy tímidos; pues, si no, ya estarías revestido de una
túnica de piedras por los males que les has causado.
58 Respondióle el deiforme Alejandro: