Ven acá, ninfa querida, para que presencies los admirables hechos de los troyanos,
domadores de caballos, y de los aqueos, de broncíneas corazas. Los que antes, ávidos del
funesto combate, llevaban por la llanura al luctuoso Ares unos contra otros, se sentaron
pues la batalla se ha suspendido- y permanecen silenciosos, reclinados en los escudos,
con las luengas picas clavadas en el suelo. Alejandro y Menelao, caro a Ares, lucharán
por ti con ingentes lanzas, y el que venza to llamará su amada esposa.
139 Cuando así hubo hablado, le infundió en el corazón dulce deseo de su anterior
marido, de su ciudad y de sus padres. Y Helena salió al momento de la habitación,
cubierta con blanco velo, derramando tiernas lágrimas; sin que fuera sola, pues la
acompañaban dos doncellas, Etra, hija de Piteo, y Clímene, la de ojos de novilla. Pronto
llegaron a las puertas Esceas.
146 Allí, sobre las puertas Esceas, estaban Príamo, Pántoo, Timetes, Lampo, Clitio,
Hicetaón, vástago de Ares, y los prudentes Ucalegonte y Anténor, ancianos del pueblo;
les a causa de su vejez no combatían, pero eran buenos arengadores, semejantes a
las cigarras que, posadas en los ár boles de la selva, dejan oír su aguda voz. Tales próceres
yanos había en la torre. Cuando vieron a Helena, que hacia ellos se encaminaba,
dijéronse unos a otros, hablando quedo, estas aladas palabras:
No es reprensible que troyanos y aqueos, de hermosas grebas, sufran prolijos
males por una mujer como ésta, cuyo rostro tanto se parece al de las diosas inmortales.
Pero, aun siendo así, váyase en las naves, antes de que llegue a convertirse en una plaga
para nosotros y para nuestros hijos.
161 Así hablaban. Príamo llamó a Helena y le dijo:
Ven acá, hija querida; siéntate a mi lado para que veas a tu anterior marido y a sus
parientes y amigos -pues a ti no te considero culpable, sino a los dioses que promovieron
contra nosotros la luctuosa guerra de los aqueos- y me digas cómo se llama ese ingente
varón, quién es ese aqueo gallardo y alto de cuerpo. Otros hay de mayor estatura, pero
jamás vieron mis ojos un hombre tan hermoso y venerable. Parece un rey.
171 Contestó Helena, divina entre las mujeres:
Me inspiras, suegro amado, respeto y temor. ¡Ojalá la muerte me hubiese sido
grata cuando vine con tu hijo, dejando, a la vez que el tálamo, a mis hermanos, mi hija
rida y mis amables compañeras! Pero no sucedió así, y ahora me consumo llorando.
Voy a responder a tu pregunta: Ése es el poderosísimo Agamenón Atrida, buen rey y
esforzado combatiente, que fue cuñado de esta desvergonzada, si todo no ha sido sueño.
181 Así dijo. El anciano contemplólo con admiración y exclamó:
¡Atrida feliz, nacido con suerte, afortunado! Muchos son los aqueos que lo
obedecen. En otro tiempo fui a la Frigia, en viñas abundosa, y vi a muchos de sus
naturales - los pueblos de Otreo y de Migdón, igual a un dios- que con los ágiles corceles
acampaban a orillas del Sangario. Entre ellos me hallaba, a fuer de aliado, el día en que
llegaron las varoniles amazonas. Pero no eran tantos como los aqueos de ojos vivos.
191 Fijando la vista en Ulises, el anciano volvió a preguntar:
Ea, dime también, hija querida, quién es aquél, menor en estatura que Agamenón
da, pero más ancho de espaldas y de pecho. Ha dejado en el fértil suelo las armas y
recorre las filas como un carnero. Parece un velloso carnero que atraviesa un gran rebaño
de cándidas ovejas.
199 Al momento le respondió Helena, hija de Zeus:
Aquél es el hijo de Laertes, el ingenioso Ulises, que se crió en la áspera ítaca; tan
hábil en urdir engaños de toda especie, como en dar prudentes consejos.
203 El sensato Anténor replicó al momento: