Mujer, mucha verdad es lo que dices. Ulises vino por ti, como embajador, con
Menelao, caro a Ares; yo los hospedé y agasajé en mi palacio y pude conocer la
condición y los prudentes consejos de ambos. Entre los troyanos reunidos, de pie,
sobresalía Menelao por sus anchas espaldas; sentados, era Ulises más majestuoso.
Cuando hilvanaban razones y consejos para todos nosotros, Menelao hablaba de prisa,
poco, pero muy claramente: pues no era verboso, ni, con ser el más joven, se apartaba del
asunto; el ingenioso Ulises, después de levantarse, permanecía en pie con la vista baja y
los ojos clavados en el suelo, no meneaba el cetro que tenía inmóvil en la mano, y parecía
un ignorante: lo hubieras tomado por un iracundo o por un estúpido. Mas tan pronto
como salían de su pecho las palabras pronunciadas con voz sonora, como caen en
invierno los copos de nieve, ningún mortal hubiese disputado con Ulises. Y entonces ya
no admirábamos tanto la figura de héroe.
225 Reparando la tercera vez en Ayante, dijo el anciano:
¿Quién es ese otro aqueo gallardo y alto, que descuella entre los argivos por su
cabeza y anchas espaldas?
228 Respondió Helena, la de largo peplo, divina entre las mujeres:
Ése es el ingente Ayante, antemural de los aqueos. Al otro lado está Idomeneo,
como un dios, entre los cretenses; rodéanlo los capitanes de sus tropas. Muchas veces
Menelao, cáro a Ares, lo hospedó en nuestro palacio cuando venía de Creta. Distingo a
los demás aqueos de ojos vivos, y me sería fácil reconocerlos y nombrarlos; mas no veo a
dos caudillos de hombres, Cástor, domador de caballos, y Pólux, excelente púgil,
hermanos carnales que me dio mi madre. ¿Acaso no han venido de la amena
Lacedemonia? ¿O llega ron en las naves, surcadoras del ponto, y no quieren entrar en
combate para no hacerse partícipes de mi deshonra y de mis muchos oprobios?
243 Así habló. A ellos la fértil tierra los tenía ya consigo, en Lacedemoma, en su misma
243 Los heraldos atravesaban la ciudad con las víctimas para los divinos juramentos,
los dos corderos, y el regocijador vino, fruto de la tierra, encerrado en un odre de piel de
cabra. El heraldo Ideo llevaba además una reluciente cratera y copas de oro; y,
acercándose al anciano, invitólo diciendo:
¡Levántate, Laomedontíada! Los próceres de los troyanos, domadores de caballos,
y de los aqueos, de broncíneas corazas, to piden que bajes a la llanura y sanciones los
fieles juramentos; pues Alejandro y Menelao, caro a Ares, combatirán con luengas lanzas
por la esposa: mujer y riquezas serán del que venza, y, después de pactar amistad con
les juramentos, nosotros seguiremos habitando la fértil Troya, y aquéllos volverán a
Argos, criador de caballos, y a Acaya, la de lindas mujeres.
259 Así dijo. Estremecióse el anciano y mandó a los amigos que engancharan los
caballos. Obedeciéronlo solícitos. Subió Príamo y cogió las riendas; a su lado, en el
magnífico carro, se puso Anténor. E inmediatamente guiaron los ligeros corceles hacia la
llanura por las puertas Esceas.
264 Cuando hubieron llegado al campo, descendieron del carro al almo suelo y se
encaminaron al espacio que mediaba entre los troyanos y los aqueos. Levantóse al punto
el rey de hombres, Agamenón, levantóse también el ingenioso Ulises; y los heraldos
conspicuos juntaron las víctimas que debían inmolarse para los sagrados juramentos,
mezclaron vinos en la cratera y dieron aguamanos a los reyes. El Atrida, con la daga que
llevaba junto a la gran vaina de la espada, cortó pelo de la cabeza de los corderos, y los
heraldos lo repartieron a los próceres troyanos y aqueos. Y, colocándose el Atrida en
medio de todos, oró en alta voz con las manos levantadas: