¡Padre Zeus, que reinas desde el Ida, gloriosísimo, máximo! ¡Sol, que todo lo ves
y todo lo oyes! ¡Ríos! ¡Tierra! ¡Y vosotros que en lo profundo castigáis a los muertos que
eron perjuros! Sed todos testigos y guardad los fieles juramentos: Si Alejandro mata a
Menelao, sea suya Helena con todas las riquezas y nosotros volvámonos en las naves,
cadoras del ponto; mas si el rubio Menelao mata a Alejandro, devuélvannos los
oyanos a Helena y las riquezas todas, y paguen a los argivos la indemnización que sea
justa para que llegue a conocimiento de los hombres venideros. Y, si, vencido Alejandro,
Príamo y sus hijos se negaren a pagar la indemnización, me quedaré a combatir por ella
hasta que termine la guerra.
292 Dijo, cortóles el cuello a los corderos y los puso palpitantes, pero sin vida, en el
suelo; el cruel bronce les había quitado el vigor. Llenaron las copas sacando vino de la
tera, y derramándolo oraban a los sempiternos dioses. Y algunos de los aqueos y de
los troyanos exclamaron:
¡Zeus gloriosísimo, máximo! ¡Dioses inmortales! Los primeros que obren contra
lo jurado, vean derramárseles a tierra, como este vino, sus sesos y los de sus hijos, y sus
caigan en poder de extraños.
302 De esta manera hablaban, pero el Cronión no ratificó el voto. Y Príamo Dardánida
¡Oídme, troyanos y aqueos, de hermosas grebas! Yo regresaré a la ventosa Ilio,
pues no podría ver con estos ojos a mi hijo combatiendo con Menelao, caro a Ares. Zeus
y los demás dioses inmortales saben para cuál de ellos tiene el destino preparada la
310 Dijo, y el varón igual a un dios colocó los corderos en el carro, subió él mismo y
tomó las riendas; a su lado, en el magnífico carro, se puso Anténor. Y al instante
volvieron a Ilio.
314 Héctor, hijo de Príamo, y el divino Ulises midieron el campo, y, echando dos
suertes en un casco de bronce, lo meneaban para decidir quién sería el primero en arrojar
la broncínea lanza. Los hombres oraban y levantaban las manos a los dioses. Y algunos
de los aqueos y de los troyanos exclamaron:
¡Padre Zeus, que reinas desde el Ida, gloriosísimo, máximo! Concede que quien
tantos males nos causó a unos y a otros, muera y descienda a la morada de Hades, y noso-
tros disfrutemos de la jurada amistad.
324 Así decían. El gran Héctor, el de tremolante casco, agitaba las suertes volviendo el
rostro atrás: pronto saltó la de Paris. Sentáronse los guerreros, sin romper las filas, donde
o tenía los briosos corceles y las labradas armas. El divino Alejandro, esposo de
Helena, la de hermosa cabellera, vistió una magnífica armadura: púsose en las piernas
gantes grebas ajustadas con broches de plata; protegió el pecho con la coraza de su
hermano Licaón, que se le acomodaba bien; colgó del hombro una espada de bronce
necida con clavos de plata; embrazó el grande y fuerte escudo; cubrió la robusta
cabeza con un hermoso casco, cuyo terrible penacho de crines de caballo ondeaba en la
mera, y asió una fornida lanza que su mano pudiera manejar. De igual manera vistió las
armas el aguerrido Menelao.
340 Cuando hubieron acabado de armarse separadamente de la muchedumbre,
aparecieron en el lugar que mediaba entre ambos ejércitos, mirándose de un modo
terrible; y así los troyanos, domadores de caballos, como los aqueos, de hermosas grebas,
se quedaron atónitos al contemplarlos. Encontráronse aquéllos en el medido campo, y se
detuvieron blandiendo las lanzas y mostrando el odio que recíprocamente se tenían.
Alejandro arrojó el primero la luenga lanza y dio un bote en el escudo liso del Atrida, sin