que el bronce lo rompiera: la punta se torció al chocar con el fuerte escudo. Y Menelao
Atrida, disponiéndose a acometer con la suya, oró al padre Zeus:
¡Soberano Zeus! Permíteme castigar al divino Alejandro, que me ofendió primero,
y hazlo sucumbir a mis manos, para que los hombres venideros teman ultrajar a quien los
hospedare y les ofreciere su amistad.
355 Dijo, y blandiendo la luenga la nza, acertó a dar en el escudo liso del Priámida. La
ingente lanza atravesó el terso escudo, se clavó en la labrada coraza y rasgó la túnica
sobre el ijar. Inclinóse el troyano y evitó la negra muerte. El Atrida desenvainó entonces
la espada guarnecida de argénteos clavos; pero, al herir al enemigo en la cimera del cas-
co, se le cayó de la mano, rota en tres o cuatro pedazos. Y el Atrida, alzando los ojos al
anchuroso cielo, se lamentó diciendo:
¡Padre Zeus, no hay dios más funesto que tú! Esperaba castigar la perfidia de
Alejandro, y la espada se quiebra en mis manos, la lanza es arrojada inútilmente y no
consigo vencerlo.
369 Dice, y arremetiendo a Paris, cógelo por el casco adornado con espesas crines de
caballo, que retuerce, y lo arrastra hacia los aqueos de hermosas grebas, medio ahogado
por la bordada correa que, atada por debajo de la barba para asegurar el casco, le apretaba
el delicado cuello. Y se lo hubiera llevado, consiguiendo inmensa gloria, si al punto no lo
hubiese advertido Afrodita, hija de Zeus, que rompió la correa hecha del cuero de un
buey degollado: el casco vacío siguió a la robusta mano, el héroe lo volteó y arrojó a los
aqueos, de hermosas grebas, y sus fieles compañeros lo recogieron. De nuevo asaltó
Menelao a Paris para matarlo con la broncínea lanza; pero Afrodita arrebató a su hijo con
gran facilidad, por ser diosa, y llevólo, envuelto en densa niebla, al oloroso y perfumado
tálamo. Luego fue a llamar a Helena, hallándola en la alta torre con muchas troyanas; tiró
mente de su perfumado velo, y, tomando la figura de una anciana cardadora que allá
en Lacedemonia le preparaba a Helena hermosas lanas y era muy querida de ésta, díjole
la diosa Afrodita:
Ven acá. Te llama Alejandro para que vuelvas a tu casa. Hállase, esplendente por
su belleza y sus vestidos, en el torneado lecho de la cámara nupcial. No dirías que viene
de combatir, sino que va al baile o que reposa de reciente danza.
395 Así dijo. Helena sintió que en el pecho le palpitaba el corazón; pero, al ver el
hermosísimo cuello, los lindos pechos y los refulgentes ojos de la diosa, se asombró y le
¡Cruel! ¿Por qué quieres engañarme? ¿Me llevarás acaso más allá, a cualquier
populosa ciudad de la Frigia o de la Meonia amena donde algún hombre dotado de
palabra te sea querido? ¿Vienes con engaños porque Menelao ha vencido al divino
Alejandro, y quieres que yo, la odiosa, vuelva a su casa? Ve, siéntate al lado de Paris,
deja el camino de las diosas, no te conduzcan tus pies al Olimpo; y llora, y vela por él,
hasta que te haga su esposa o su esclava. No iré a11á, ¡vergonzoso fuera!, a compartir su
lecho; todas las troyanas me lo vituperarían, y ya son muchos los pesares que conturban
mi corazón.
413 La divina Afrodita le respondió airada:
No me irrites, desgraciada! No sea que, enojándome, te desampare; te aborrezca
de modo tan extraordinario como hasta aquí te amé; ponga funestos odios entre troyanos
naos, y tú perezcas de mala muerte.
418 Así dijo. Helena, hija de Zeus, tuvo miedo; y, echándose el blanco y espléndido
velo, salió en silencio tras la diosa, sin que ninguna de las troyanas lo advirtiera.
421 Tan pronto como llegaron al magnífico palacio de Alejandro, las esclavas
volvieron a sus labores, y la divina entre las mujeres se fue derecha a la cámara nupcial